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La Escuela Moderna
• El Monumento
Historia monum.
Bruselas

Pleno 1931
Pleno 1989
Manifiesto
FG en el Saló de Cent

 
     
Pleno 1989
 
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La Sra. Capmany quiere hacer unas aclaraciones en el aspecto político ya que le resulta imposible imaginar que la propuesta del equipo de gobierno sea rechazada por otros miembros del Consistorio; y que es difícil entender como se siguen manteniendo razones, quizás justificables en 1909, pero que hoy en día no tendrían que serlo, aunque estemos acostumbrados en nuestra Ciudad a tener una profunda memoria casi subconsciente, junto con una memoria activa periclitante, es decir, que se recuerdan cosas como si hubiesen pasado antes de ayer, y, en cambio, se olvidan detalles muy importantes. Manifiesta que, sin invocar la frase: "un bel morir tutta una vita honora" porqué no hay nunca un morir bello y porqué la muerte de un hombre es siempre consecuencia de su vida y no hace falta que le honre su muerte, el fusilamiento de Ferrer Guàrdia transcendió al hombre y sus propias ideas y no solamente traspasó las fronteras convirtiéndose en el asunto Dreyfus de la cultura catalana, sino que su internacionalidad nació por tratarse de un magno hecho de injusticia, es decir, de un asesinato con aires de legalidad; que le interesa mucho invocar a unas personalidades que pidieron que Ferrer Guàrdia no muriese en Montjuic, como Joan Maragall y Josep Benet, hombres que no se pueden confundir ideológicamente con Ferrer Guàrdia, i recordar que, si bien este ha estado siempre en la memoria de la gente que ha vivido la política de la Ciudad, fue Josep Benet quien en 1963 publicó un libro, que impresionó mucho a todos, titulado Maragall i la Setmana Tràgica, en el cual tuvo la sabiduría y la profunda intuición política de hacer ver hasta qué punto el drama vivido por la Barcelona del momento, transcendía la ideología de los protagonistas.

Considera que es necesario saber, sobre la ideología de Ferrer Guàrdia, admitiendo que no es la suya, en qué consistía exactamente su anarquismo, la actitud no catalanista de que se le acusó -como también se le acusó de no españolista-, ya que en esta Ciudad nuestra, la ciudad de las bombas y de la Guerra Civil e, incluso, actualmente, de un cierto resurgimiento de terrorismo activo, la palabra anarquismo da el mismo miedo vergonzoso que Joan Maragall supo reprochar de manera tan incisiva a sus contemporáneos, aquel miedo del anarquista armado hasta los dientes y con bombas en todos los bolsillos; que se tendría que pensar qué tipo de anarquismo defendía Ferrer Guàrdia con su Escuela Moderna y su editorial, ya que fue un hombre muy influido por el anarquismo francés de Sébastien Faure y de Élisée Reclus, que precisamente rechazaba el sindicalismo como el después tristemente célebre, a pesar de la buena fe de sus dirigentes, de la CNT-FAI, porqué este basaba su estrategia en una división de clases, rechazada por los anarquistas puros, herederos de Bakunin, que creían en la superación de las clases mediante la construcción del hombre nuevo, y el único sistema para conseguirlo era la educación en una escuela libertaria, racionalista, que situase a los niños, independientemente de sus orígenes, con las circunstancias que les tocaría vivir.

Significa que Joan Maragall intervino, después de la Semana Trágica, mostrando su preocupación, en unas cartas dirigidas a Josep Pijoan, por la venganza que seguiría a aquellos hechos, e intentando evitar que su querida ciudad reaccionara ante el dolor y el miedo pasados, sin importarle hacer justicia ni que hubieran pruebas para condenar y para matar; que sobre esta actitud tan hostil, Josep Benet escribe: "Conocido este ambiente hostil y apasionado, podemos comprender lo que quería decir Maragall cuando, tiempo después, confesaba que en aquellos momentos del proceso Ferrer, se sentía aislado en medio de la furia represiva; pero, a pesar del aislamiento y del ambiente hostil, Maragall sabía que era necesario hacer algo para salvar la vida de aquel otro hombre que iban a fusilar, que era necesario hablar. No en balde había escrito al Doctor Torres i Bages, cuando anteriormente dudaba en alzar la voz, que ”estamos en un tiempo en que, incluso las piedras, tendrían que hablar”. Y así, enfrentándose con la clase social a la cual pertenecía y con los bienpensantes e, incluso, como hemos dicho, con una gran parte de la Ciudad, Joan Maragall decidía intentar conseguir, con el único gesto que estaba a su alcance, escribir, un giro en la opinión pública y consecuentemente en la conducta del Gobierno. Sin perder tiempo, pues, que la cosa era urgente, el mismo día 10 escribía un articulo que titulaba: "La Ciudad del perdón".

De este artículo de Joan Maragall lee lo siguiente: "Cómo podéis permanecer así de tranquilos en vuestra casa y en vuestras ocupaciones sabiendo que un día, de buena mañana, en lo alto de Montjuic, sacarán del castillo un hombre atado, y lo harán pasar ante el cielo y el mundo y el mar, y el puerto que trafica y la ciudad que se levanta indiferente y poco a poco, muy poco a poco, para que no tenga que esperar, lo llevarán a un rincón del foso, y allí cuando sea la hora, aquel hombre, aquella obra magna de Dios en cuerpo y alma, vivo, con todas sus capacidades y sentidos, con este mismo afán de vida que tenéis vosotros se arrodillará de cara al muro, y le meterán cuatro tiros en la cabeza, y él dará un salto y caerá muerto como un conejo... él, que era un hombre tan hombre como vosotros... ¡acaso más que vosotros!”

Dice, a continuación, que este artículo no se publicó en La Veu de Catalunya porque Prat de la Riba consideró que no era oportuno, y fue Josep Benet quien lo recuperó del archivo Maragall, y comentaba lo siguiente: "Creemos, y así lo hemos de confesar sinceramente, que al tomar la resolución de rechazar el artículo de Maragall, Prat de la Riba, sin duda un eminente hombre de gobierno, cometió quizás el mayor error de su vida pública. Los acontecimientos posteriores: caída y retirada de Maura, derrotas electorales de la Liga, endurecimiento del movimiento obrero, resurgimiento del lerrouxismo, etc., demostraron que en aquella ocasión el poeta había tenido razón por encima del político".

Comenta que la evocación de Josep Benet vivir lo que había significado la escisión profunda de nuestra sociedad, aquel enfrentamiento del odio y del desconocimiento de todos, aquella falta de aquello que constituye el eje vertebrador de la democracia, el respeto de los unos hacia los otros; y que todo esto, en los momentos tan negros del franquismo, daba cuenta que la historia se podría repetir; que el propio Benet, en el mismo libro, hacía una alusión a todas las cosas que vendrían más tarde, cuando los mismos odio e incomprensión, y la incapacidad de levantarse por encima de las opiniones de cada uno, harán que, después, en nuestra Guerra civil, el clima que se vive en esta ciudad sea también tan terrible como el vivido por nuestros abuelos.

Se sorprende que, aun hoy, se pueda reproducir en nuestra Ciudad una actitud parecida a la de la mañana siguiente de la Semana Trágica, porque no cree que sea solamente una cuestión de memoria literaria, y se pregunta como puede mover hoy las vísceras de la Ciudad, el miedo y el espíritu de venganza. Afirma que Francisco Ferrer Guàrdia fue un hombre importante y universal, y, aunque no todo el mundo comulgue con las ideas de los hombres universales aparecidos a lo largo de la historia, le parece evidente que la propuesta hecha por el Ayuntamiento en 1931, y la recuperación de esta propuesta con las modificaciones explicadas por la Sra. Mata, justifican el triste papel hecho por la ciudad de Barcelona; que la lección de Joan Maragall tendría que servir de alguna cosa, y a aquellos que tienen tantas reservas para admitir el homenaje ciudadano al pedagogo, les diría que, si bien el rechazo a perdonarlo desestabilizó el Gobierno Maura, no cree que ahora el rechazo de hacerlo vaya a desestabilizar el Gobierno Pujol; y que, por todo esto, se tendrían que repensar las actitudes y aprobar hoy, por unanimidad, la propuesta de hacer el monumento a Francisco Ferrer Guàrdia.

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