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El año 1874, una gris restauración acababa con aquella esperanza. Los catedráticos expulsados y los ex ministros de la I República podían crear la Institución Libre de Enseñanza en 1876 para hacer la travesía del desierto, que duraría más de cuarenta años.
Francisco Ferrer tenía quince años y era contable en una harinera de Sant Martí de Provençals; iba a una escuela nocturna y comenzaba a conocer la vida política, otra vez soterrada, de la ciudad. Continua formándose, ahora en el ideal republicano, el librepensamiento; conoce el anarquismo, conoce a los luchadores.
Finalmente obtiene un lugar que le permite estudiar, trabajar y soñar con cambios políticos: es revisor de tren del trayecto Barcelona-Cerbère. Tiene un compartimento reservado, lleno de libros, conoce a viajeros, se casa con una viajera, pisa Francia, donde pasa refugiados hasta que él mismo tiene que exiliarse, y encuentra, en realización, a veces en retirada, pero siempre a la luz pública, aquellos ideales que había conocido en la nocturnidad de la ciudad, aquello que hasta entonces le había sido negado en la vida real.
Francisco Ferrer Guardia tiene veintiséis años cuando se instala en Francia. "Libertad, Igualdad, Fraternidad" es el lema que aun no tiene un siglo de vigencia social revolucionaria; en cualquier parte de la vida política hay contradicciones, excepto en la fraternidad masónica... y quizás en este nuevo ideal que Ferrer comienza a entrever: la escuela, la Escuela Moderna.
En Francia o en Inglaterra quizás saldrán adelante, dice Ferrer, para implantar los ideales con una gran discusión política; en España no.
Pero empezando por la base de la Escuela, quizás sí. La base de la Escuela Moderna, en la ciudad de Barcelona, la de las sesenta horas de trabajo y además la escuela nocturna, la de la Rambla llena de bullicio popular, y de flores, y del Ateneo y del Liceo, la de la Exposición del 88, del eje rectilíneo Ferran-Princesa, que comunica la Rambla y el Parque pasando por el Ayuntamiento, y el temido Palacio de la Audiencia; la ciudad de las revueltas y los incendios, la de Montjuic...
Ferrer ya no es un revolucionario, sino un rebelde, y empezando por la Escuela, en Barcelona, se ve capaz de llevarla a cabo. Es necesario decirlo en este Salón de Ciento, corazón del corazón de la Ciudad.
Ferrer volvió, así pues, después de aquella peripecia vital, pensando que podía hacer una escuela no perteneciente a ninguna retrógrada congregación ni al Estado Español, más impostor aun, y comenzó una red escolar libre, laica, la de la Escuela Moderna, al amparo de la Razón.
La educación sería contemplada como "la adquisición de la herencia humana" al servicio del bien social y a partir del trabajo propio, no de ninguna infalibilidad, ni la papal, ni la propia del maestro, que Ferrer confesaba temer en él mismo.
Era necesario poner a los niños en un plano de igualdad frente a la realidad, de la naturaleza, de la noticia del periódico, era necesario que el maestro trabajase mucho y se formara constantemente. Esto no se haría dentro de la Instrucción pública oficial, que se debatía en el vacío del miedo de los gobernantes, el miedo del abismo de una Restauración vacía de contenido. Y era necesario hacerlo con "fair play", decía Ferrer.
"La enseñanza racionalista –dijo, en resumen– puede y debe discutirlo todo; y de entrada tiene que situar al niño en la vía ancha y directa de la investigación personal".
Esta es la frase que se grabó, se borró y se volvió a grabar en el pedestal de su monumento y que resume la terrible novedad pedagógica propuesta por Ferrer Guardia, desde esta ciudad, el año 1902: los chicos tenían que ser puestos en condiciones de hacer su búsqueda personal y utilizar la razón para discutirlo todo antes de admitir nada. ¿Utopía? Quizás sí, pero no delito; ni tan sólo originalidad total.
Ferrer comienza a hablar de una escuela alternativa cuando hace veinticinco años que este modelo es trabajado por la Institución Libre de Enseñanza (que su maestro Ruiz Zorrilla conocía bastante bien), y cuando el laicismo y el anarquismo han hecho ya escuelas y sociedades.
Aquí y allá, esporádicamente, se ha hablado y se ha practicado el laicismo, la coeducación, la higiene escolar, la disciplina natural, el respeto hacia la evolución del niño, la salida al medio, la práctica del trabajo manual, la extensión cultural a padres y adultos, la biblioteca escolar. Ferrer añadirá pocas cosas más; quizás aquella práctica suya de la "coeducación de clases", de clases sociales, que quiere conseguir cobrando una cuota variable a sus alumnos... como sesenta años después harían las escuelas de la renovación pedagógica.
La dimensión y la fuerza de la Escuela Moderna de Ferrer quizás viene dada por su capacidad para aglutinar y difundir en un modelo ideológico y metodológico, vivo, cambiante, este cúmulo de intuiciones, razonamientos y prácticas, y de hacerlo en una ciudad viva y cambiante, como Barcelona, al frente de un país que comenzaba a cambiar con ella. Es la hipótesis que quisiera dejar aquí.
En 1901, el modelo aun vigente en la escuela no era tocado entre nosotros más que en uno solo de sus términos: la lengua. Una escuela, la de Flos y Calcat, una Asociación, la Protectora, desde 1898, osaban decir y practicar que la enseñanza tenía que ser impartida en catalán; pero el modelo de escuela era el mismo que el de toda España.
Cuando pocos años después unas primeras escuelas iniciaron la renovación pedagógica, los planteamientos lingüísticos fueron inexistentes o ambiguos, y por supuesto la práctica. No es hasta 1908, un año antes de la muerte de Ferrer Guardia y cerrada ya su Escuela Moderna, cuando en el Salón de Plenos de este Ayuntamiento, y por primera vez, se habló y se aprobó un plan coherente de escuela catalana, renovada pedagógicamente, coeducadora y laica. Ferrer Guardia estaba entonces en Bruselas trabajando en la constitución de la Liga Internacional para la Educación Racional de la Infancia.
Situada y medida su significación pedagógica e ideológica, deshechas ya tantas acusaciones, calumnias, crímenes contra Ferrer, quedando sólo en los inevitables rincones de la mezquindad intelectual, el comentario, el escándalo farisaico de su vida privada, continua en pie la piedra del escándalo nacional: Ferrer Guardia no fue sensible al tema de la lengua en la escuela.
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