Biografía
Testamento
La Escuela Moderna
• El Monumento
Hist. monum.
Brusel·les

Ple 1931
Ple 1989
Manifest
FiG al Saló de Cent

 
     
1989: Ferrer i Guàrdia al Saló de Cent
 
Número de páginas:   

 

Ahora esto sería grave, pero no lo era entonces, entre tantas gravedades que afectaban la escuela y el país. Y entre los que hemos podido vivir y trabajar por la renovación pedagógica, bajo el peso de gravedades redivivas no creo que haya nadie que pueda tirar ni una primera ni una última piedra.

Lo cierto es que en 1901 la Escuela Moderna tuvo la colaboración de personalidades como Odón de Buen, Martínez Vargas, Anselmo Lorenzo, en Barcelona, y la correspondencia pública de maestros como Paul Robin o Ellen Key. De momento, deslumbró a muchos espíritus inquietos, como el de Pau Vila (tejedor de Sabadell) durante dos años, hasta que se cansó del carácter de Ferrer Guardia, pero conservó muchas de sus pautas pedagógicas, como la salida de los niños a investigar fuera de la escuela, en su Escuela Horaciana, en castellano, el año 1904.

Un alumno de la Escuela Moderna, Pere Vergés, que años después dirigiría nuestra escuela del Mar, y persona poco sospechosa de libertarismo, recordaría mucho más que los libros que Alexandre Galí censura de aquella escuela, el respeto con el cual era tratado, la alegría, el trabajo directo en las visitas a la ciudad y al campo.

Pero el país sufría momentos de endurecimiento de la vida política; de fuerte reacción en la vida social. Hacia marzo del año 1909, una Pastoral del Cardenal Casañas había armado el brazo ejecutivo del Gobernador Civil, que suspendía a este Ayuntamiento el Presupuesto Extraordinario de Cultura, el que había osado proponer hacer cuatro grupos escolares, grupos de Kindergarten, Escuela Primaria y Universidad Popular, que practicarían, como ya hemos dicho la coeducación, usarían el catalán como lengua escolar y serían "neutros", decían ellos, en formación religiosa.

El Gobernador, haciéndose brazo armado de la sociedad bienpensante, había acabado con el sueño: ni escuelas bisexuales, como las llamaba él, ni catalanas, ni antireligiosas; y, además, qué "derroches", aquellos insensatos ediles pretendían construir escuelas y formar el personal, sin tener competencias.

El mes de julio de aquel año se oscurecía con la Semana Trágica. La ciudad de las bombas se rebelaba contra la oscura guerra de Marruecos, que le cogía los mozos, y se convertía en la ciudad quemada. Más de treinta hogueras se levantaron destruyendo conventos y parroquias y alguna escuela de religiosos; no se levantaron, claro está, las de los cuatro grupos escolares quemados sin humo cuatro meses antes, ni la del sueño de 1854, la escuela para la juventud obrera, inexistente aun en 1909. Entre los mozos que se embarcaban y los incendiarios, el analfabetismo y la rabia eran el denominador común.

Pero alguien había instigado al "populacho". En la catedral, el domingo siguiente, el Cardenal Casañas lo señalaba, sin nombrarlo por respeto al templo, e instigaba a los jueces.

Unos días después, la ciudad vivía la iniquidad del proceso de Ferrer Guardia y ni tan solo poder pedir ser la ciudad del Perdón, tal como Joan Maragall propugnaba. La historia ya ha sido escrita y no es necesario moverla, pero sí acabarla dignamente.

Creo que lo mejor de Ferrer Guardia, pedagógicamente, arranca del conocimiento, en líneas generales, de la obra de la Institución Libre de Enseñanza, de las intuiciones propias de los espíritus libres y del respeto creciente por la renovación de la Escuela que comenzaba a producirse por todas partes, y que fue recogido, desarrollado y sistematizado por Celestín Freinet, el creador en Francia de la Cooperativa de la Enseñanza Laica y de la Escuela Popular Moderna.

El paralelismo entre Ferrer y Freinet ha sido subrayado por estudiosos como L. Not en Les pédagogies de la connaissance, publicado en 1979. Sólo es necesario comparar los doce puntos del último manifiesto de Ferrer Guardia, el de l'Ecole Renovée (1908), con los diez puntos del primer manifiesto de Celestín Freinet, el de la Escuela Popular Moderna (1918), para ver las coincidencias de fondo e incluso de terminología.

Freinet vino a la Escuela de Verano de 1933 y su gran difusor entre nosotros fue Herminio Almendros, manchego-catalán e inspector en jefe de Barcelona, quien, a partir de 1936, colaboró con Puig Elías, discípulo de Ferrer Guardia y presidente efectivo del C.E.N.U. durante aquellos dos años y pico de guerra.

La derrota acabaría con todas las concepciones: escuela nueva, escuela renovada, escuela unificada, escuela activa, escuela moderna, escuela catalana, escuela libre, aunque, eliminados el anarquismo y la masonería por ley y de hecho, se volcaría sobre los discípulos de Freinet, la mayoría de los cuales fueron fusilados como el quizás desconocido abuelo pedagógico.

Actualmente, además de los seguidores de la Escuela Moderna de Freinet, son muchos los maestros y las líneas pedagógicas que pueden descubrirnos algún parentesco con Ferrer Guardia, especialmente de sus últimas publicaciones: resumen y canto del cisne o de esperanza, el Manifiesto ya mencionado, y "La Escuela del Porvenir", la que "substituirá la imposición artificial de la disciplina por la natural de los hechos", y "tendrá en cuenta los deseos y las necesidades del niño", porqué "sólo el trabajo deseado es válido", y el trabajo "no por la competencia destructiva, sino por la utilidad de todos. La educación racional será la que conserve y cultive la facultad de querer, de pensar, de idealizar, de esperar; basada únicamente en las necesidades naturales de la vida, que dejará manifestar libremente, y desarrollará las fuerzas, para concentrarlas en la lucha por el trabajo y el pensamiento.

El conocimiento significativo arrancará del trabajo práctico (...) El hombre y el niño sanos tienen necesidad de trabajar (...) de jugar, que no es otra cosa que una forma de trabajo.
La influencia, amagada e indirecta del educador, que comprende qué le pasa al niño, sirve para ofrecerle lo que pide sin saberlo.

Así, cada trabajo u oficio manual se acompaña, hoy en día, de un trabajo intelectual; el niño sentirá la necesidad de saber y será necesario satisfacerlo teniendo siempre en cuenta su querer.

Trabajando así en la educación de los hombres, infaliblemente puede esperarse una humanidad mejor (él que temía la propia infalibilidad caía en ella por la esperanza de una humanidad mejor), con todo el vigor de la voluntad y la salud moral, caminando siempre hacia nuevos ideales, no mezquinamente dedicada a la lucha estúpida, sórdidamente sujeta a la satisfacción de los apetitos, miserablemente dada a vicios y mentiras, triste, rencorosa y depravada, sino amorosa, bella y alegre".

A parte de la crítica de la escuela Congregacionista, ya vieja y a menudo virulenta por aquel entonces, pero atenuada ahora, la crítica de la escuela oficial, como burguesa y dominadora por parte del Estado, tiene en Ferrer un buen precursor. Freinet haría una crítica parecida, con registro propio, diez años después y de él la retomaría el M.C.I. Con montaje de cifras, la demostrarían Baudelot y Establet a principios de los setenta.

La deuda de recuerdo a Ferrer Guardia, asumidos pedagógicamente tantos de sus valores y sociológicamente tantos de sus planteamientos, es precisamente el deber al hombre-maestro que murió por la Escuela. Merece una lección especial.

Recordar su muerte injusta, en este Salón de Ciento, corazón del corazón de la ciudad que le vio morir; recordar, siempre más, su norte de la libertad de consciencia cerca del mismo muro que vio morir, fusilado injustamente también, el Presidente Lluís Companys, el uno al grito de "viva la Escuela Moderna", el otro al clamor "por Cataluña", es una lección de cosas, de causas, no de palabras, que conviene recuperar para la historia de nuestra Escuela, y quizás es la manera de devolver a Cataluña un hijo que, dicen, no la conoció, quien sabe si fue porqué no pudo reconocerse en ella, como ahora quisiéramos.

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