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Un acto de justicia histórica
Joan-Francesc Pont y Clemente
Presidente de la Fundación Francisco Ferrer y Guardia
Señoras, Señores,
A mucha gente le puede parecer extraño que hoy, a 13 de octubre de 1989, sea necesario reafirmar con fuerza, con rotundidad, aquí, en el Salón de Ciento del Ayuntamiento de Barcelona, que Francisco Ferrer Guardia fue inocente de los cargos por los cuales le juzgó un fantasmagórico Consejo de Guerra y que, por lo tanto, su ejecución fue un crimen de Estado.
Lo que ya no nos ha de parecer tan extraño son las voces que han surgido en los medios de comunicación de los últimos días y que se han atrevido a proclamar una imagen de Francisco Ferrer y Guardia que oscila entre un personaje medio delincuente y medio terrorista, y al entorno del cual hemos visto como se afirmaba que si bien no merecía la muerte en 1909, como responsable de la Semana Trágica, quizás sí que la tendría que haber encontrado por el hecho de haber sido el instigador del atentado de Mateo Morral contra el Rey.
Como tampoco nos ha de parecer extraño el hecho que sea necesario reafirmar aun hoy su figura y su obra, porque o bien como pedagogo ha sido sistemáticamente borrado de los libros de historia y, por lo tanto, no se le considera como un hombre que ha ayudado a construir este país, o bien cuando se ha hablado de él ha sido para difamarlo y convertirlo, así, en el culpable de todos los males.
Francisco Ferrer Guardia era inocente. Sus detractores, frustrados por no poder demostrar su culpabilidad, avergonzados por un Consejo de Guerra que no merece el nombre de juicio porque fue sólo una triste parodia, han debido de buscar otros argumentos que condenasen a Ferrer: han debido de referirse a su vida conyugal, a su vida privada, a si realizó o no inversiones en la bolsa, al origen de los fondos que le permitieron fundar la Escuela Moderna, e incluso a la vida de sus hijas. Los enemigos de Ferrer han debido de inventarse una leyenda negra, llena de mentiras, para intentar combatir un mito que se había convertido en más peligroso que el propio hombre al que habían tratado de eliminar con la muerte.
Este acto de homenaje de la ciudad de Barcelona a Francisco Ferrer Guardia es una necesaria reparación de una injusticia histórica. Algunas veces, en el pasado, los ciudadanos de Barcelona sintieron el impulso de recuperar la memoria de Ferrer. El momento más simbólico fue el Pleno del Ayuntamiento de Barcelona del 9 de septiembre de 1931, cuando una propuesta de la minoría radical, aprobada con los votos de la mayoría republicana, acordó erigir un monumento a Ferrer Guardia tomando como antecedente el monumento que poco después de su muerte se había erigido en la ciudad de Bruselas. Pero antes y después de aquella fecha, la figura de Ferrer ha sido punto de referencia de todos los demócratas. En las revistas editadas en el exilio por los refugiados españoles no han faltado nunca, año tras año, artículos que tomaban como motivo emblemático la muerte de Ferrer Guardia.
Nuestros exiliados, algunos de los cuales han escrito a la Fundación estos últimos días manifestándonos su adhesión, han mantenido viva la memoria de Ferrer fuera del país, porque Ferrer y ellos eran igualmente víctimas del autoritarismo del poder. Ejemplo palmario de este sentir es Pere Jordi Junqué, Presidente del Casal Catalán de Bruselas, presente ahora entre nosotros.
Nuestros exiliados, que nos han transmitido la tradición democrática de este país, merecen una vez más nuestro reconocimiento y nuestro homenaje.
En esta intervención preliminar del acto de hoy quisiera explicar tres "por qués": ¿por qué Francisco Ferrer Guardia? ¿Por qué una Fundación dedicada a Francisco Ferrer Guardia? Y ¿por qué esta Fundación promueve hoy la rehabilitación de Francisco Ferrer Guardia?
¿Por qué Francisco Ferrer Guardia?
La respuesta es clara. Porque Ferrer murió el 13 de octubre de 1909 como un mártir de la libertad de consciencia. Murió porque había sido el creador de la Escuela Moderna y porque la renovación de la enseñanza que promovía implicaba la emancipación de los hombres y las mujeres, hacerlos conscientes de su dignidad como tales y, por lo tanto, ciudadanos dispuestos a luchar para salir de la miseria y la sumisión.
La obra de Ferrer merece ser recordada. Su muerte merece ser homenajeada.
Los detractores de Ferrer nos dan los principales argumentos que justifican hoy su recuerdo. Dicen de él que era un anarquista, un anticlerical, un masón y un antinacionalista.
Cada una de esas acusaciones forma parte de las virtudes del personaje.
En primer lugar, Francisco Ferrer no era anarquista. Al comienzo de su vida comparte las ideas republicanas y hacia el final adopta un pensamiento decididamente libertario. Como ha puesto de manifiesto Baltasar Porcel: ¿cómo podía un hombre justo no ser libertario a principios de siglo, en el marco de una situación social escandalosamente injusta, con jornadas laborales de 66 horas de trabajo a la semana y unos salarios de miseria?
También dicen que Ferrer era anticlerical. En verdad, era enemigo de una Iglesia comprometida y aliada del poder político, opuesta a cualquier cambio social. Una Iglesia que muchos cristianos de hoy consideran indigna de su papel. Ferrer era un laico, un humanista que creía en el hombre como centro de todas las cosas y que propugnaba el libre examen, la capacidad de cada hombre de buscar individualmente la verdad sin imposiciones exteriores.
La tercera acusación es que Ferrer era masón. Y es verdad, fue iniciado en la Francmasonería y desplegó una intensa tarea en las logias españolas y francesas de la época. Fue francmasón como tantas otras mentalidades renovadoras de su tiempo: Anselmo Lorenzo, Rosend Arús y Odón de Buen, o tal y como me decía el otro día Josep Maria Ainaud de Lasarte lo fue su abuelo, Josep Maria de Lasarte, y como lo sería tiempo después el Presidente mártir de la Generalitat de Catalunya, Lluís Companys. Ferrer fue, efectivamente, francmasón, es decir un librepensador que quiso dedicarse a la tarea más sublime, la de enseñar a los demás a pensar, a ser ciudadanos libres.
Y, finalmente, dicen algunos de Ferrer que no era nacionalista, que no era catalanista, que no era de los "nuestros" y que sería necesario borrarle de la Historia de Cataluña. Ferrer, efectivamente, no era catalanista, era un internacionalista, un hombre para el cual todos los problemas de la humanidad eran propios, que creía que un país no puede vivir feliz si en otros se vive bajo la esclavitud y la miseria. En definitiva, un hombre hermano de todos los otros seres humanos. Y un hombre como este no podía identificarse con los estrechos puntos de vista de la derecha catalana, preocupada por sí misma y cerrada en su provincialismo. Los que niegan al hijo de Cal Boter la condición de catalán se niegan a si mismos y demuestran que su catalanismo no es voluntad de construir un país para todos, sino de construir un país que se convierta en su tienda particular.
Es, pues, esta figura de Francisco Ferrer Guardia, libertario, laico, librepensador y internacionalista, la que la Fundación Francisco Ferrer Guardia quiere reivindicar hoy.
¿Por qué una fundación dedicada a Ferrer?
Durante los años 1986 y 1987, un grupo de gente que habíamos sido políticamente activos durante los años de la transición en diversos partidos, movimientos y organizaciones juveniles, nos planteamos la creación de una plataforma abierta, de debate y trabajo y caracterizada ideológicamente por un humanismo laico y por una actitud tolerante, antidiscriminatoria y progresista, pensando en crear una Fundación dedicada a promover actividades en cuatro ámbitos fundamentales:
- la juventud, impulsando la discusión y la elaboración de propuestas destinadas a la mejora de la condición juvenil en el trabajo y el no trabajo, la escuela y el tiempo libre.
- La educación: colaborando con los movimientos que defienden la escuela pública y laica, su calidad y su adecuación a los nuevos tiempos.
- Los derechos humanos: defendiendo los derechos humanos individuales y los derechos colectivos de los ciudadanos, especialmente los de los más desprotegidos por la crisis económica o ante las leyes.
- y la Unión europea: superar los viejos y los nuevos nacionalismos y, desde la personalidad propia de cada pueblo, construir una Europa de los ciudadanos.
De aquellas discusiones surgió la idea de dar a la Fundación el nombre de Francisco Ferrer Guardia. Ferrer, muerto por sus ideas, olvidado por unos y condenado por otros, podía convertirse en el símbolo adecuado del proyecto que pretendíamos llevar a cabo. Ferrer Guardia podía servir de punto de referencia para sectores progresistas muy amplios, al mismo tiempo que se recordaba que históricamente la lucha por un mundo mejor ha recibido como premio la muerte de manos del poder.
La Fundación nace con la voluntad de promover todo tipo de iniciativas laicas en Cataluña y en España. Quiere servir de punto de encuentro de todas aquellas asociaciones y grupos scouts, de tiempo libre, culturales, que son independientes y que a menudo carecen de ayuda institucional suficiente. No tienen a la Iglesia católica que les ampare ni cuentan, a menudo, con la comprensión de las administraciones públicas. Sin ningún deseo de hegemonía, la Fundación quiere contribuir al renacimiento y al refuerzo de la cultura laica entre nosotros y convoca a todos los grupos y personas interesadas en este esfuerzo inmenso, pero necesario, de recuperar los valores de la laicidad. Con esto, y a pesar de lo que algunos portavoces del nacional-catolicismo catalán quieran decir, estamos recuperando una parte importante de nuestra historia que arranca de los movimientos republicanos, federales y populares de principios de siglo.
A esta tarea queremos convocaros a todos. La Fundación es un proyecto abierto a todos aquellos que se comprometan con estas ideas y, como tal, necesita de la ayuda de mucha gente que aporte algún dinero, algún esfuerzo y mucha ilusión.
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