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| Núm. 1 Primer trimestre
1996 |
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Las miopías que originan guerras
Josep Palau, Comitè Executiu de lassociació
europea "Helsinki Citizens Assembly"
Las incomprensiones y perplejidades de tanta gente ante las guerras
yugoslavas han llevado a muchos a sucumbir intelectualmente ante
la fácil y absurda explicación de "los buenos
y los malos"; y apuntarse al odio contra un enemigo, el gran
Satán cuya perversidad hace posible los males que de otra
manera no sabemos explicar y cuya destrucción por las angelicales
fuerzas del bien (atlánticas o no) devolverá milagrosamente
la paz y la harmonía intelectual. Tanta pobreza de espíritu,
y buena parte de los errores políticos internacionales cometidos,
tienen su origen en una descomunal pifia en la aproximación
al análisis del problema cuando éste estalla ruidosamente
en 1991. Se quiso ver como un conflicto entre comunistas que no
se rinden y demócratas occidentalistas, como un problema
de estalinismo totalitario ante el que pugnaban por su liberación
emancipadora naciones sometidas a un supuesto dictado yugoslavo.
No se ha querido saber que el problema era más profundo
y a la vez más sencillo: un Estado se desintegraba sin acuerdo
sobre las fronteras que debían separar a los estados resultantes;
la consumación de la separación sin negociación
implicaba una guerra clásica de fronteras, como ha sido el
caso para esas situaciones en 4000 años de historia humana
conocida.
Para comprender qué ocurría, y con ello ayudar a
paliarlo, bastaba pensar en ejemplos cercanos a la naturaleza del
enredo postyugoslavo: Irlanda del Norte, Chipre, Palestina, Cáucaso,
Líbano, Pakistán, Bangladesh. En todos esos casos,
dos (normalmente) o más comunidades étnico-religiosas
comparten territorio, pero recelan una de otra y no logran encontrar
una fórmula de poder político que les inspire confianza
por igual. Si se hubiera querido saber que Croacia era en parte
un caso así y que Bosnia-Herzegovina lo es en forma aguda,
se hubiera sido más cuidadoso antes de promover el enfrentamiento
apoyando a unos y rechazando a otros.
Bosnia-Herzegovina es un caso extremo de complejidad étnico-política
que hace imposible el funcionamiento de los parámetros clásicos
entre Estado y Nación. La gente se identifica allí
con una de las tres (no dos) comunidades étnicas, más
que con el territorio. El Estado que pretenda ejercer su autoridad
y organizar la vida pública debe basarse en el consenso de
las tres comunidades, o fracasar. Además, Bosnia es un caso
agudo, especial, porque es un conflicto a tres. En psicología
y pedagogía se sabe que ése es el número fatal
de las relaciones humanas; por ejemplo, tres niños no pueden
jugar juntos sin pelearse todos (dos es "tu y yo", cuatro
se aparejan, cinco y más ya es dinámica de grupo).
La relación humana a tres comporta la tendencia a la exclusión
de uno y la disputa continua y cambiante en la formación
de una pareja (A+B marginaba a C, o A+C contra B, o B+C en detrimento
de A). Pero, en términos políticos, Bosnia-Herzegovina
es especial porque no hay mayoría y minoría. No es
una situación de minorías nacionales que no aceptan
el modelo de la mayoría dominante. Bosnia-Herzegovina es
el país de las tres minorías. El consenso, recomendable
en todo conflicto etno-nacional, se hace aquí sencillamente
imprescindible.
Tras el reconocimiento internacional de Croacia, las tres comunidades
bosnias adoptan perspectivas antagónicas. Los croatas quieren
unirse a la flamante Croacia soberana. Los serbios quieren permanecer
en un Estado común con el resto de serbios (lo que Yugoslavia
garantizaba). Los musulmanes quieren que Bosnia-Herzegovina, bajo
su dirección, sea un estado soberano que siga los pasos de
Croacia. Un arreglo pacífico a esa disparidad de objetivos
implicaba un sutil tejido de estructuras políticas y territoriales.
Hubo planes; por ejemplo, el promovido por Lord Carrington y elaborado
por el portugués Cutileiro, que distribuía Bosnia-Herzegovina
en tres sectores, cada uno con su estructura de estado y sus relaciones
preferidas con los vecinos. Un plan no tan distinto, en el fondo,
al aprobado en Ohio estos días. Se rompió porque se
formó una coalición croato-musulmana que excluyó
del juego y de las decisiones al tercero en discordia, los serbios;
y promovió la separación de Bosnia-Herzegovina de
Yugoslavia dando garantías a los croatas y negándoselas
todas a los serbios. Los serbios reaccionaron muy mal, y sus acciones
bélicas deben ser condenadas (como las de los demás).
Pero no se puede ignorar que, previamente, se cometió contra
ellos una agresión política que provocaría
una guerra en cualquier parte del mundo.
Si la Comunidad Internacional hubiera estado presidida por principios
de paz y universalismo, habría negado reconocimiento unilateral
alguno y habría presionado para un pacto previo. Pero, cediendo
a algunas presiones que respondían a intereses mezquinos
y estrechos, los responsables internacionales cometieron la bajeza
(contrapuesto a altura de miras) de alentar el conflicto. Si los
políticos no fueron valientes, otros les han superado en
debilidades. Algunos cronistas analistas o intelectuales han hecho
de los Balcanes un festín de la irracionalidad, del maniqueísmo,
del pensamiento primitivo. Eso sí, en nombre del europeísmo,
para mayor perjuicio de ésta.
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