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| Núm. 1 Primer trimestre
1996 |
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Celuloide sangriento
David Roas
1.
Empezaba a estar hasta los cojones de la voz de Dolores ORiordan
y su dichoso Zombie. El camarero, al parecer, se había empeñado
en que nos aprendiéramos de memoria la maldita cancioncita,
y mi paciencia se estaba agotando. Y el maldito Pons seguía
sin aparecer. Decidí que una cuarta cerveza lo arreglaría
todo.
Cuando ya estaba a punto de largarme del Submarino, apareció
Pons por la puerta del bar. Parecía tan cansado y tan calvo
como siempre. Pons trabajaba como colaborador del alcalde Farrés
en no sé qué historia de cultura y juventud. Un chollo,
seguro.
Joder, macho, cada vez más calvo, ¿eh? le
dije a modo de saludo, acompañándolo con una de mis
mejores sonrisas profidén.
Me sorprendió que no se molestara, pues hablar de su inclemente
alopecia provocaba que Pons le mentara a uno la madre, cuando menos.
Se sentó frente a mí, y pidió una cerveza ("Carlsberg,
Carlsberg... nada de Estrella"). Noté que estaba nervioso.
Eres la hostia, Fontana, ¿por qué no puedes
ir vestido como Dios manda? Que ya no somos unos niños, coño.
Pelo largo, camisetita jevi, bambas... No cambiarás nunca.
Oye, que tú vayas vestido como un capullo, no quiere
decir que todos tengamos que hacerlo. ¿Para qué querías
verme, para hablar de moda?
Está bien, iré al grano. No sé si te
habrás enterado de que la semana pasada mataron a una chica
a la salida del cine...
Vaya, vaya le interrumpí, no me dirás
que dejas tu flamante chollete por la carrera detectivesca.
Sin coñeos, Fontana, que esto es serio. Pues bien,
ayer apareció otro muerto muy cerca de donde se cargaron
a la chica. Y si lo recuerdas, ayer fue jueves. Demasiada casualidad
para nuestro querido Sabadell. Y es tanta la casualidad que Farrés
ha empezado a ponerse nervioso. Ten en cuenta que las elecciones
están al caer.
Y ¿qué dice la policía?
Nada, están totalmente desconcertados. Lo único
que saben es que las dos personas habían ido solas al cine,
que no fue nada sexual, que no les robaron nada, que no hubo testigos...
En resumen, ni una sola pista. Por eso te necesitamos. A nuestra
policía todo esto le viene demasiado grande, no están
acostumbrados a casos de este tipo. Se está hablando, incluso,
de traer algún alto cargo de la policía de Barcelona.
Y esto no le gusta a Farrés. Él quiere que se solucione
desde el ayuntamiento, aunque sea de un modo indirecto... Ya sabes:
un alcalde que se preocupa por la seguridad de sus conciudadanos
es un ganador seguro. En fin, que el alcalde me ha encargado que
te contrate. ¿Qué dices? Piénsatelo bien, porque
hay dinero, mucho dinero en juego.
La verdad es que la cosa me intrigaba. Parecía imposible
que esto estuviese ocurriendo en una ciudad como Sabadell, donde
los delitos de sangre abundan tanto como los ganadores de seis aciertos
en la Primitiva. Pero no me apetecía demasiado volver a trabajar
para politicastros: la última vez que lo hice casi me costó
las pelotas. De hecho, me tuve que largar de Madrid y volver a Sabadell
por un feo asunto con un concejal del PP y unas fotos comprometedoras.
Sin embargo, las 20.000 diarias que Pons me ofreció mandaron
al carajo todas mis convicciones. Llevaba un tiempo sin un puñetero
caso y mi cuenta corriente estaba para el arrastre. Así que
acabé aceptando el caso. Pons dijo que no me arrepentiría.
Antes de irse me entregó un sobre verde, advirtiéndome
que no lo abriese allí.
Y a la pasma ni agua, ¿eh, Fontana? dijo a
modo de despedida.
Una vez en casa, vacié el contenido del sobre encima de
mi mesa de trabajo: fotos de los cuerpos, fotocopias de los informes
de la policía y de las declaraciones de posibles testigos
(que redundaban en lo que me había contado Pons: no había
pista alguna), recortes de prensa donde se daba la noticia de los
asesinatos, un par de bolsitas de plástico con las entradas
del cine y los folletos de las películas que habían
ido a ver... No sé cómo Pons pudo conseguir todo aquello.
Según los informes, el primer cadáver pertenecía
a una joven de veintitrés años, Amelia Sagrelles,
que vivía en Sabadell, estudiaba pedagogía en la Universidad
Autónoma y era socia del "Grup dEsplai La Marieta
Cistellera". Dos folios recogían las declaraciones de
sus familiares y amigos: era una buena chica, no tenía problemas
con nadie ni estaba liada con cosas de drogas, participaba con regularidad
en los encuentros católicos de su barrio... Nada interesante.
El otro cadáver se llamaba Pedro Segarra, cuarenta años,
dueño de una empresa textil, casado, tres hijos, dos perros,
había nacido en Sabadell pero vivía en un chalé
en Matadepera, ningún follón con sus empleados que
explicase o justificase algún tipo de reacción violenta.
Gente normal. El informe de la policía señalaba también
que no había relación alguna entre los muertos, pues
ni siquiera se conocían. Un asco.
Las fotos de los cadáveres mostraban que los dos habían
muerto de la misma manera: algo pesado les había machacado
la cabeza. El gesto ridículo de sus rostros revelaba la sorpresa
del terrible golpe que había acabado con sus vidas. El examen
de las bolsitas arrojó el único detalle de interés:
los dos llevaban encima una entrada del "Cine-club" que
organiza cada jueves el Cineart Multisalas de Sabadell y los dos
habían asistido a la misma sesión, aunque con una
semana de diferencia. Amelia había ido a ver Le rayon vert,
de Eric Rohmer, y Pedro, Azul, de Kieslovski (o como leches se llame).
¡Menudos petardos! Debo reconocer que no soy muy amigo de
filmotecas y cine-clubs. Nombres como Tarkovsky, Godard o Liliana
Cavani hacen que se me nuble la vista y empiece a sudar, y me obligan
a ir corriendo al vídeo y poner algo de Billy Wilder para
recuperarme.
Por más vueltas que le daba no acertaba a explicarme la
relación que podría haber entre aquellas dos muertes.
Parecía, a simple vista, el trabajo de un psicópata,
pero las películas americanas de los últimos años
nos han enseñado que el buen psicópata escoge siempre
un mismo tipo de persona. Y aquellos dos no tenían nada en
común, sólo su mal gusto cinematográfico.
Los recortes de prensa no ofrecieron nada nuevo:
La mayoría de articulistas, con gran sagacidad, llegaban
a esa misma conclusión: conectar ambos crímenes con
el mundo de la droga. Lo cual iba a servir, por lo menos, para no
provocar el pánico entre la población.
Harto de no llegar a ningún sitio, abandoné el callejón
cerrado de mis deducciones y me serví un buen posturón
del orujo (no sé por qué pensé en Vázquez
Montalbán mientras lo hacía) que me había enviado
mi abuela y que guardaba como oro en paño en el congelador.
Puse un disco de Tom Waits (Rain dogs, 1985) en el equipo y me olvidé
de aquel asunto.
2.
El teléfono pudo más que yo y tuve que descolgar
el auricular. Una voz cazallosa me anunció que era Juan.
Al parecer, yo le había llamado la noche anterior por si
había oído algo sobre aquellas muertes. Juan era uno
de los mejores revientapisos de Sabadell y sabía todo lo
que se cocía en la ciudad.
Oye, Fontana, que he estado preguntando por ahí y
nadie sabe nada de los dos pringaos de que me hablaste... Por cierto,
¿por qué no te pasas por el bar del Siscu?, tengo
un material de la hostia.
Si es tan bueno, ¿por qué no vienes tú
aquí? Tengo una resaca de órdago y pocas ganar de
andar para ir a verte... Sí, pasa cuando quieras.
No acababa de despertarme, y tuve que echarme al coleto una copita
del brebaje de mi abuela. A los pocos segundos, empecé a
reaccionar. Aquello era milagroso, hasta el primer litro. Una ducha
y un poco de café acabaron por devolverme a mi estado normal.
Diez minutos después llegaba Juan, cargado con varias bolsas
del Corte Inglés.
Mira, mira, colega, lo que te traigo. Todo calidad dijo,
mientras vaciaba las bolsas sobre la alfombra del comedor.
Dexter Gordon, Monk, Miles Davis, Dave Brubeck... Lo mejorcito.
Los hemos guindao del garito ése del que me hablaste, ese
del nombre tan raro... sí, joder, el Griffin. Hemos arramblao
con toda la pasta, los discos y la priva. Pilla lo que quieras,
es gratis. Como promoción...
Me quedé con un par de conciertos en directo de Dexter Gordon,
un disco rarísimo de Miles con Jaco Pastorius y un par de
botellas de MacCallan 12 años, puro pata negra. Le di cinco
mil pelas, a pesar de sus quejas, insistiéndole en que estuviera
atento por si se enteraba de algo relacionado con lo del Cineart.
Juan tenía que ir a hacer un par de entregas más y
no le entretuve.
Después de revisar el estado de los discos, llamé
a Pons. Le conté lo que había averiguado tras el examen
de los informes y las fotos. Su agradecimiento me emocionó.
¡Joder!, ¿y para eso cobras? Eso también
podía haberlo deducido yo. Incluso la policía debe
haber llegado a tales conclusiones.
Ante esas palabras de aliento, le invité a que se fuese
a la mierda. Antes de colgar le di el número de mi cuenta
en la Caixa de Sabadell, indicándole que esperaba cobrar
cada semana lo estipulado. Aceptó con un gruñido y
colgó.
Esa primera semana la pasé tocándome los cojones.
Había decidido esperar al jueves e ir yo mismo, con todo
el dolor que ello me provocaba, a una sesión del "Cine-club".
San Coppola me perdonaría.
3.
Y llegó el jueves. Después de cenar, me dirigí
dando un paseíto hasta el Cineart. No pude haber escogido
peor día: la película que proyectaban era una pequeña
maravilla, según rezaba el programa de mano, de las que filmó
Godard: Alphaville. Jodeeeer. Faltaba aún media hora para
que empezase aquel engendro, así que compré mi entrada
y me aposté al lado de la taquilla para observar a todo el
que entrase, buscando no sabía qué o a quién.
Cuando se hizo la hora de entrada, me dirigí a mi butaca,
sabiendo que no había forma de parar aquel suplicio. Me imaginé
como un cordero camino de ser convertido en material de barbacoa.
La película se proyectaba en la sala número cuatro,
una de las más pequeñas. Aún no comprendo esa
moda de las multisalas, ese empeño por convertir los cines
en salitas de estar, a las que sólo les falta, para darles
un toque más hogareño, un perro y una abuela que dé
el coñazo continuamente. Aunque para coñazo, el público:
una multitud de progres y demás fauna intelectualoide, tanto
jovencitos como maduros, charlaban en una terrible algarabía,
intercambiando todo tipo de frutos secos. En pocos minutos, el olor
a palomitas se hizo insoportable. Empecé a sentir náuseas,
que se agudizaron en el momento en que presté atención
a las conversaciones que se desarrollaban a mi alrededor. Siguieron
hablando incluso cuando se apagó la luz y empezaron los comerciales.
Jamás en mi vida había oído semejante cúmulo
de barbaridades. Gentes a las que les costaría hacer una
redacción de cincuenta palabras sobre sus vacaciones, hablaban
sin pudor de los errores de cámara de Pulp Fiction o de lo
asquerosa que era El día de la bestia. Casi comprendí
al asesino que buscaba.
Cuando empezó la película, se hizo, sorprendentemente,
un silencio sepulcral. Empezaba la catarsis. Y no tardó en
empezar también el puro dolor: la historia era incomprensible,
los ¿actores? de yeso... una aberración que fue recibida
con gruñiditos de placer y aprobación por el público
de la sala. Comencé a notar un terrible dolor de cabeza.
Después de veinte minutos aguantando desvaríos del
mismo calibre, no pude soportarlo más y tuve que salir de
la sala. Me fui al bar que había junto a la taquilla y pedí
una cerveza. El frescor del líquido espumoso fue aplacando
mi mala leche y empecé a relajarme. Por la camarera supe
que aún faltaban tres cuartos de hora para que acabase la
película. Iba a ser una larga espera. La cuarta cerveza coincidió
con la salida de la gente. Sus rostros reflejaban una satisfacción
tal que parecía que hubiesen tenido una experiencia mística.
Gilipollas. Busqué alguien que se fuera solo. Tuve suerte,
a mi izquierda, una chica se despedía de un grupo de amigos.
Parecía un buen ejemplar: pantalones lila, kefiah palestina
al cuello, bolsito hippy... Un momento después, la chica
se marchó por la calle del Sol. Sin despertar sospechas,
la seguí calle abajo.
Desgraciadamente, no fue la única persona que se alejó
sola de allí.
(continuará)
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