La Revista
Índex dels números
Índex d'autors
Índex d'articles
Butlleta de subscripció

 
     
Índex d'articles
 
Núm. 2 Segon trimestre 1996

Celuloide sangriento. David Roas

Resumen de lo publicado:
dos extraños asesinatos, cometidos en idénticas condiciones y con una semana de diferencia, trastornan la tranquila vida de Sabadell. El alcalde Farrés, temeroso ante el futuro que abren las próximas elecciones, contrata al detective Fontana. Sus primeras investigacionses resultan infructuosas.

4.

La tercera víctima fue un jubilado, Andreu Pérez. El pobre abuelete había aparecido con el cráneo machacado junto a un cajero 4B, en la esquina entre la calle del Sol y la Plaza Sant Roc, justo enfrente del ayuntamiento, para más inri.

Con este tercer fiambre ya no me parecía tan descabellada la idea de un cazador de adictos al cine paliza; una especie de justiciero que, harto de las atrocidades que se estaban cometiendo con el séptimo arte, eliminaba a todos aquellos que las apoyaban. Pero ¿por qué actuaba en Sabadell? ¿No era mejor Barcelona, ciudad mucho más filmotequera y con más víctimas al alcance de la mano? ¿Era un asesino de cinéfilos o se trataba en realidad de una oscura venganza, quizá contra el propietario del Cineart?

Si bien los muertos aumentaban, yo estaba tan perdido como al principio. Cuanto más pensaba en los detalles y las circunstancias de aquel caso, más improbable me parecía poder descubrir quién era el misterioso asesino.

En mi (pequeña) desesperación llegué a pensar que aquella situación no era tan mala: poco curro (no tenía ni idea de cómo llevar aquella investigación), dinerito fácil... Y es que uno empieza a estar ya un poco curtido, un poco harto de todo.

Aquella tercera víctima supuso, además, la aparición en escena del comisario Ugarte. A pesar de la oposición de Farrés, y por orden de esferas aún más altas, el caso había pasado a sus manos. Y su participación en la investigación no auguraba nada bueno. Había oído hablar de él en mis años de universidad, y ya era un auténtico animal. Ugarte estaba por aquel entonces al mando de la brigada de estupefacientes y todo el mundo hablaba de él con verdadero temor, pues solía conseguir lo que quería con un método absolutamente expeditivo: te fundía a hostias.

Nunca me había cruzado con él, pero siempre lo había imaginado como una especie de ogro de cuento infantil. O mejor, como aquel repugnante comisario que Orson Welles interpretó en Sed de mal.

En la actualidad, Ugarte era comisario jefe de la brigada de la Policía Judicial de Barcelona. Debía rondar los sesenta años y seguía con su famosa mala leche.

No sé por qué, pero temía encontrarme con él.

5.

La mañana del sábado la dediqué a vagabundear por la Rambla. Había salido a comprar el diario y aquel soleado día de febrero se merecía un paseíto.

No había puesto aún un pie en la Rambla cuando se me acercó un extraño y peligroso personaje. Yo sabía que solía cazar allí a sus víctimas, pero me pilló desprevenido. Iba vestido con unos pantalones cortos y una camisetita con un gran Cobi estampado en el pecho, lo que le daba un aspecto realmente amenazador.

– Jesús, por mi inocencia, me ha revelado que no rezas, hermano –me dijo así, de sopetón. Pero eso puede arreglarse: somos un grupo de creyentes que nos reunimos para rezar... porque tú crees en Dios, ¿verdad?

Miré sonriente a aquella especie de predicador callejero y con gesto de beatitud le contesté:

– Lo siento, hermano; soy un adorador de Satán y he salido a buscar un cuerpo virgen para el sacrificio del Sabbat.

El tío salió corriendo como alma que lleva el diablo (aunque en este caso no fuera así) y yo continué mi paseo.

Pero aún no me había recuperado, cuando, sin previo aviso, una pareja de mormones, impecablemente vestidos y con la plaquita con su nombre perfectamente prendida en las americanas, se abalanzó sobre mí. Con dos hostias tuve suficiente. Tres o cuatro transeúntes aplaudieron mi faena.

Esa mañana, el mundo parecía empeñado en convertirme al camino de la fe. Ya sólo me faltaba un Hare-Krishna y los Testigos de Jehová. Pero tuve suerte: nadie más se preocupó por mi salud espiritual.

Compré El País en un quiosco y me metí en el bar Euterpe. Acompañé la prensa con unas cervezas.

El misterioso asesino del Cineart empezaba a ser conocido en toda España: la sección de sociedad de El País le dedicaba una página completa, así como un excelente artículo de Ramón de España, en el que éste, con su acostumbrada ironía y coincidiendo con mis deducciones, conjeturaba que el asesino castigaba a las víctimas por su degenerado gusto cinematográfico. Me pareció intuir una cierta adhesión emocional.

Pedí al camarero otros periódicos del día y comprobé que éstos también se habían hecho eco de los crímenes del Cineart. El Mundo, por ejemplo, con su habitual amarillismo, le dedicaba una página completa al caso, comentando con todo lujo de detalles el estado de los cadáveres y el dolor de sus familias, acusando, de paso, a los ayuntamientos de izquierda de no preocuparse por la seguridad ciudadana. El Avui, por su parte, le dedicaba una pequeña columnita, justo detrás de un reportaje de tres páginas en el que se informaba de la inauguración que había hecho Pujol de una central eléctrica en la comarca de La Selva.

Pero si bien el asesino del Cineart empezaba a ser conocido en todo el país, su fama iba a provocar una terrible psicosis entre los sabadellenses. Nadie iba a meterse en un cine habiendo suelto por ahí un tipo que se cargaba a los espectadores.

Y así fue. La misma noche del sábado fueron muy pocos los que se atrevieron a ir al cine. Pero no sólo al Cineart, sino, por lo que pude saber, al resto de salas de Sabadell. La gente se había acojonado y temían que al tarado del Cineart le diera por actuar en otras salas. Esa semana iban a recaudar poco los cines de la ciudad. Y, lo confieso, me hubiera encantado ver la cara de los mamones de sus dueños. Je, je.

Durante toda la semana, Pons me estuvo dando continuamente el coñazo. Según me dijo, a Farrés le jodía mantener a un capullo que no hacía nada (el capullo era yo). Intenté inventar una excusa para disimular mi total desconcierto ante aquel caso. Esperaba que eso tranquilizase a Farrés y que éste no cerrase el grifo de la pasta. Le hable a Pons de la lentitud de toda investigación criminal, de la dificultad de un caso como aquél, de la inexistencia de pistas... Pero no había manera. El tipo me llamaba cada día. Que si Fontana esto, que si Fontana lo otro... Al final tuve que mandarlos a tomar por el culo a él y al alcalde.

El jueves me despertó un alguacil del ayuntamiento: Farrés me invitaba, por canal oficial, a que lo visitara aquella misma mañana. Me reventaba tener que hacerlo, pero no había manera de escaquearse. Él era el que pagaba. Así que, acabé yendo a verlo. Aunque me planté en su despacho a las cuatro de la tarde. Yo soy así.

Después de sortear ujieres, secretarias y demás fauna funcionarial, llegué al despacho de nuestro bienamado alcalde. Parecía algo irritado. Me extrañó no ver a Pons por allí.

– Así que usted es el gran Fontana, ¿eh? –dijo con un retintín que no me gustó nada–. Muy bien, muy bien. Siéntese ahí –me indicó una silla al otro lado de la mesa–. Tenemos mucho de qué hablar.

Me senté frente a él y adopté una expresión lo más solemne que pude.

– Según me han informado –continuó, refiriéndose seguramente al cabronazo de Pons–, su investigación no está siendo nada satisfactoria. Más aún –aquí cambió de tono–, yo diría que es una auténtica mierda. ¡Joder! El tiempo pasa y usted no aclara lo que está ocurriendo. Lleva quince días cobrando y no ha conseguido una puñetera pista.

– Mire, Farrés –le interrumpí–, si no le interesa que continúe con el caso, dígalo sin más, pero no me dé la bronca. Yo no soy Pons y no tengo por qué aguantar sus rabietas.

– Pues por 20.000 diarias, ya podría... Bueno, dejemos eso. Como sabe muy bien, hoy es jueves; es decir, que esta noche toca muerto, siento decirlo así, en el Cineart. Hemos organizado con la policía un riguroso control de la sala y de las calles adyacentes. Espero que colabore con la vigilancia y se persone en el cine por lo que pueda pasar. Si hoy no lo cogemos, no sé cómo vamos a hacerlo...

Después de oírlo hablar durante diez minutos, salí del despacho de Farrés sin entender el propósito de aquella reunión. No me había retirado del caso, no me había dado demasiado la bronca. No sé, será la manera de actuar de los políticos.

Me fui a casa y, como había sido un niño malo, me castigué con una tarde de vicio: sofá, Nick Cave en el equipo (Live Seeds, 1993 y Let love in, 1995) y unas cervecitas de trigo.

Llegué al Cineart a eso de las diez. Hacía un frío de mil demonios.

Daba la impresión de que la policía había tomado la zona: agentes de uniforme y algunos "secretas" vigilando el cine y las calles cercanas; coches-patrulla en casi todas las esquinas.... Realmente, lo suyo no era el disimulo. Era imposible que el asesino actuara aquella noche, si no es que aquel tipo estaba como un cencerro. Lo cual me extrañaba, dada la cautela con la que había obrado hasta ese momento.

Lo primero que hice fue buscar a Ugarte. Aunque no lo había visto nunca, sabía que lo reconocería. Pregunté por él al primer agente que encontré, pero me dijo, con cierto cabreo, que Ugarte no participaba en los trabajos de pringaos.

Como había imaginado, muy poca gente apareció por el Cineart Multisalas. Pero lo más sorprendente es que todos los que allí se habían reunido iban a asistir a la sesión del "Cine-club", que les había preparado un suculento plato: la última película de Eric Rohmer, de cuyo nombre no quiero acordarme.

Pero esta vez no saqué una entrada. No iba a repetir mi error de la semana pasada (había que estar loco para soportar semejante bodrio). Me coloqué al lado de la fila, formada por un par de decenas de osados cinéfilos (había también mujeres, pero me revienta ser políticamente correcto). Los comentarios que pude escuchar esta vez no eran sesudas disquisiciones cinematográficas, sino que, como era de esperar, se hablaba del misterioso asesino. Un rápido examen de los allí reunidos dio el siguiente resultado:

1) el grupo más numeroso lo formaban los concienciados, por llamarles de algún modo, que se habían presentado en las multisalas para manifestar su repulsa (creo que se dice así) contra aquel ataque declarado contra el cine no-americano;

2) otro grupo importante era el de los escépticos (o mejor, el de los capullos), que afirmaban que todo aquello era un montaje porque querían eliminar el "Cine-club" y no sabían cómo hacerlo y que por eso se habían inventado lo del asesino;

3) junto a estos, pude localizar también a tres colgados que querían comprobar si todo aquello del asesino era verdad.

Poco antes de las diez y media llegó un tipo con barbas que todos recibieron con entusiasmo. Al parecer, se trataba de Joan Comelles, director del "Cine-club", que había acudido para dar una lección de coraje y serenidad a los socios y simpatizantes. Suerte que no tardaron en desaparecer por la puerta de la sala número 4, camino de su dosis semanal de bazofia. Yo, por el contrario, pregunté la hora a la que acababa la película y me fui al bar Hamelin, que está a un minuto del Cineart. Hacía demasiado frío para quedarse en la calle como los pringadillos de la pasma.

Después de unas cervecitas y un repaso a los éxitos del pop de los ochenta, regresé a mi puesto. Eran alrededor de las doce y cuarto. Al cabo de pocos minutos, se abrieron las puertas y todos salieron felices. Y, en un derroche de imaginación, decidieron marcharse juntos de allí, pues habían deducido que el asesino sólo mataba a los que iban solos. Así que, cogiditos del brazo y cloqueando de placer, se alejaron camino de la Rambla. El asesino lo iba a tener crudo esta vez para encontrar una víctima.

Me acerqué a uno de los coches patrullas aparcados en la Plaza de Vila Arrufat, justo al lado del Cineart. Me identifiqué y les pregunté si había alguna novedad. Nada. No habían visto a nadie merodeando por allí.

Me aposté en un portal junto a la sanwitchería Chic y, después de esperar media hora, harto y helado, opté por la mejor solución: largarme de allí.

Y tal como yo había previsto unos cuantos párrafos antes, aquel jueves 29 de febrero no pasó nada. El asesino rompió su rutina y no actuó.

A la mañana siguiente, la ciudad respiró aliviada y los diarios se congratularon de las medidas desarrolladas por la policía, que habían impedido que el asesino del Cineart volviera a atacar. Pero aunque eso era cierto, todas esas medidas no habían servido para cazarlo.

6.

La madrugada del sábado, Pons me despertó con un telefonazo.

– No, no dormía, para qué hacerlo a estas horas... si sólo son las cinco...

– Pues vístete rápido y ven a la comisaría del Centre. Han cogido al asesino del Cineart.

– Pero si ayer era viernes y... –Pons me interrumpió.

– Ugarte ya lo está interrogando –aquello acabó por despertarme del todo.

No tardé ni un cuarto de hora en llegar. Me sorprendió no encontrar periodistas ni curiosos. Al parecer, la noticia aún no había trascendido. Mejor.

Pons me esperaba inquieto en el tercer piso. Le enseñó sus credenciales al policía que hacía guardia en la puerta y entramos rápidamente en un pequeño despacho. La habitación era francamente siniestra: poca luz, sin ventanas, humo. En ella sólo había tres personas: un tipo que escribía en un ordenador portátil y fumaba desesperadamente; un tío delgaducho, con cara de asustado, sentado en el centro de la habitación; y junto a él, Ugarte.

El comisario era como yo me lo había imaginado: grande y amenazador. Uno de esos tíos que te revientan por el mero hecho de respirar. Incluso físicamente, Ugarte y el personaje de Welles (recuérdese aquel interesante guiño cinematográfico que hice en el capítulo cuarto de esta magnífica historia) tenían un cierto parecido: gordo, voz cavernosa, pelo ralo, cara repugnante... Un verdadero ogro. Debo confesar que su visión me impresionó.

Una vez dentro, Ugarte nos miró como quien mira a una mierda: con una mezcla de altivez y repugnancia. Le interesaba más la declaración del tío delgaducho. Este último hablaba mirando al suelo. Parecía realmente acojonado.

– Se me ocurrió hacerlo para meterle miedo a la gente –dijo con voz trémula–. Había pensado, no sé, que podría quitarles el dinero sólo con asustarlos. Pero no soy un asesino. De veras que no lo soy. Tan sólo quería aprovecharme de la situación.

– ¡No me jodas, hombre! –atronó la voz de Ugarte–. Todo esto que me estás contando es puro camelo. Te pillamos a menos de cincuenta metros del Cineart, a eso de la una de la mañana, amenazando a una tía con una barra de hierro... Es mejor que confieses que fuiste tú quien se cargó a los tres pringaos –el tono de Ugarte se hizo aún más cavernoso–. Hay muchas formas de conseguir que lo hagas.

El hombrecillo miró aterrorizado a Ugarte y después al resto de los presentes. Cuando empezó de nuevo a hablar, su voz sonó artificiosa, como la de un mal imitador. Le temblaban los labios.

– Pero yo... –vaciló un instante–. Yo no soy un asesino. Lo juro –se cubrió la cara con las manos y empezó a llorar.

– Ya empezamos con las mariconadas de siempre. Sugrañes –Ugarte se dirigió al tipo del portátil–, atízale un poquito, a ver si se atiende a razones y acabamos pronto con esto.

Ugarte estaba cargándole el muerto, mejor dicho, los muertos, a un pobre imbécil. Aquel desgraciado no podía ser el asesino. Era todo demasiado evidente, demasiado fácil. Y aquel hijo de puta le iba a sacar la confesión a hostias.

– ¡Deje de pegarle, cabrón! –grité.

Ugarte me miró con gesto malhumorado. Levantó su corpachón y se acercó hasta mí. Recuerdo que me sorprendió lo rápido que se movía. Me cogió por una manga y me sacó fuera de la habitación.

– Mire, Fontana... Sí, no ponga esa cara, sé quien es usted y lo que está haciendo. Me importa un huevo que sea el niño mimado de Farrés, pero no se meta por medio y menos aún cuando hable con un detenido. Hágalo de nuevo y comerá mierda hasta hartarse. ¿Me entiende? Calladito está mucho más guapo.

Sentí la boca seca y no dije nada. Ugarte sabía como acojonarle a uno. Después de abroncarme, abrió la puerta y me empujó adentro.

– Así que el señorito no está dispuesto a hablar –dijo, refiriéndose a aquel pobre tipo.

A la segunda hostia decidí marcharme. Me despedí en voz baja de Pons, que parecía fascinado por aquel espectáculo, y me largué asqueado de allí.

Mediodía de domingo con sol. Después de un sábado un poco turbio (que no merece ser narrado aquí, aunque tan sólo diré que me estuve castigando por ser un cagado delante de Ugarte), no hay nada tan bueno como pasear por el centro de nuestra querida ciudad. Quien no ha visto la Rambla en una mañana soleada de domingo, no ha visto nada. Lo primero que sorprende es que no pasan coches, sólo gente y más gente. Es fantástico observar esa marea humana: ellas, ataviadas con su chandal fosforito y sus zapatos de tacón –"arreglá, pero informal", que cantaba Martirio–; y ellos, también en chandal, cargados con los periódicos y la multitud de regalos de los dominicales, discutiendo con ellas por detenerse en todos los escaparates, a la vez que le dan la bronca a los niños por Dios sabe qué.

Un grito me sacó de mi éxtasis contemplativo. Alguien me llamaba desde un coche aparcado en la esquina de la calle Gurrea. Era el tío aquel del ordenador. Sugrañes. Mierda. Me acerqué.

– El comisario quiere verle, Fontana.

– Dígale que no me apetece ir, que no tenemos nada de qué hablar...

– Le está esperando –me interrumpió desafiante–. Y no le gusta que nadie le haga esperar –concluyó, abriéndome la puerta de atrás.

Al entrar en el edificio, nos cruzamos con el tipo que habían detenido. Su rostro atrajo rápidamente mi atención: le habían aplicado el plan Ponds de belleza en siete días, pero concentrado en un par de horas. Tenía un ojo medio cerrado, los labios hinchados y moretones por toda la cara. Cuando me vio, agachó la cabeza, como queriendo impedir que le viera. Al pasar por mi lado, musitó un débil "gracias" sin atreverse a mirarme.

– ¡Calla, coño! –le espetó el policía que lo conducía fuera del edificio.

Sugrañes me acompañó en silencio hasta el despacho de Ugarte. Cuando entramos, éste tarareaba una canción que su vozarrón hacía imposible de reconocer. Parecía feliz.

– Hombre, aquí tenemos al tocacojones de Fontana –bramó cuando me vio–. Parece que ayer no empezamos muy bien nuestra relación. ¿Verdad? Bien... Seguro que se preguntará para qué le he hecho llamar. Pues bien, quiero que lea la declaración que ha hecho aquel desgraciado. Pero, siéntese –me dijo, intentando parecer amigable, algo que no logró de ningún modo.

Una vez sentado, me tiró una carpeta roja por encima de la mesa.

– Todo se soluciona utilizando el método adecuado –continuó Ugarte–. A estos mierdas de aficionados les aprietas un poco los tornillos y cantan mejor que el Pavarotti ése.

– Si, ya he visto los resultados de su método en la cara del pringado de anoche.

Ugarte lanzó una mirada terrorífica a Sugrañes, el cual pareció disminuir de tamaño.

– ¿Pero aún no lo habías sacado de aquí, coño? –su voz debió atronar por todo el edificio.

– Es que hubo un pequeño retraso con los papeles del Juzgado y...

– Me cago en Dios, Sugrañes, ¿es que no voy a poder ya ni confiar en ti?

Sugrañes intentó hablar, pero por su gesto parecía dudar de que sus palabras calmaran a aquel monstruo, y, al final, optó por callarse.

– Sigo pensando, Ugarte –le dije–, que todo ha sido demasiado fácil.

– Mire, Fontana, ya sé que usted es muy bueno y todo eso. Pero no olvide que esto no es una novelita de detectives en la que los policías somos unos memos y los investigadores unos tipos inteligentísimos, que se tiran a todas las tías buenas y que resuelven los casos casi sin despeinarse. Lo que ha pasado es que el tipo decidió cambiar el día de su actuación, puesto que debió comprobar que el jueves le era imposible con tantos agentes vigilando. Piénselo bien, Fontana, y me dará la razón.

– Pues no. Sigo creyendo que no es el asesino. Además, sabemos que no ataca a sus víctimas para robarlas, tal como quería hacer su hombre. Me parecería extraño que ahora cambiara de sistema, después de haber cometido tres asesinatos idénticos.

Ugarte frunció sus gruesos labios, me miró con atención, removiéndose inquieto en su silla, y, por último, dijo:

– Usted piense lo que quiera, pero el asesino del Cineart ya es historia.

Salí de su despacho sin creer ni una palabra de todo aquello. En la puerta me encontré con Farrés. Debía venir a felicitar a aquel capullo.

– Hombre, Fontana –me dijo, sonriente–, parece que ya se ha enterado de la noticia. Pues bien, yo tengo otra para usted: se le acabó el chollo. Si hubiéramos llamado antes a Ugarte, en lugar de hacer caso a Pons, no hubiese habido tantos muertos.

No intenté discutir con él. Preferí largarme de allí. Cabreado, pero con dignidad.

Los diarios publicaron la buena nueva y todos los sabadellenses respiraron satisfechos. La ciudad había retornado, por fin, a su tranquilidad natural. Pero yo no. Sabía que el asesino seguía suelto y que, más pronto o más tarde, volvería a actuar. Ugarte y Farrés se podían ir al carajo.1

1. Como se puede comprobar, Fontana no ha hecho ninguna referencia a las elecciones generales en las dos entregas publicadas. Según nos contó, le asqueaba profundamente el tema, puesto que si se ponía a hablar de ello, tendría que referirse demasiado al "mamonazo de Aznar", lo cual estropearía la narración de sus aventuras (nota del editor)

 

Francesc Ferrer i Guàrdia La Fundació Institut d'anàlisi social Arxiu i biblioteca Espai de Llibertat Publicacions Enllaços