| Núm. 3 Tercer trimestre
1996 |
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Celuloide sangriento.
David Roas
Resumen de lo publicado: Tras las sucesivas muertes
de varios espectadores de las sesiones de Cine-club que organizan
las Multisalas Cineart, el alcalde Farrés contrata al detective
sabadellense Fontana, quien, tras una infructuosa investigación,
no logra dar con el asesino. Es entonces cuando toma cartas en el
asunto la policía de Barcelona, en la persona del terrible
comisario Ugarte, quien en pocos días atrapa al presunto
criminal. Sin embargo, Fontana cree que Ugarte se ha precipitado...
7.
Debo reconocer que casi me alegré cuando le destrozaron
la cabeza a Joan Comelles. Aunque mi júbilo no venía
provocado por la triste desaparición del director del "Cine-club",
sino porque mis sospechas habían acabado confirmándose.
Pero como me estoy adelantando a los hechos, será mejor que
retomemos la acción donde la habíamos dejado.
El lunes me desperté un tanto jodido. Aunque tenía
la convicción de que Ugarte se había equivocado, no
me había sentado demasiado bien que me tomasen por un inútil
y que me restregaran por las narices mi incapacidad para solucionar
el caso. Si bien no había podido descubrir nada, la verdad
es que el caso se las traía. Nunca me había enfrentado
a nada tan oscuro y complicado.
Era inútil agobiarse por aquella tontería, así
que volví a recurrir al mejor antídoto que conozco
para acabar con depresiones y otros malestares psicopatológicos:
el orujo de mi abuela, del que ya sólo me quedaban unos pocos
y preciados centilitros. Al segundo chupito, empecé a encontrarme
mejor y en mi mente sólo aparecieron ya pensamientos positivos.
Recuerdo que el primero de ellos fue para el comisario Ugarte, aunque
no sé por qué también aparecían su culo
y los verbos transitivos mandar y tomar.
Una vez relajado, tomé una determinación de la que
sabía que me iba a acabar arrepintiendo. No sé si
fue la euforia que me proporcionó el preciado brebaje de
mi abuela (que siempre he relacionado con lo que Astérix
llevaba en su cantimplora) o un ataque de demencia transitoria,
pero decidí que no iba a dejar el caso. Actuaría,
utilizando una expresión gilipollas, a lo free-lance. Sería
una nueva forma de enfrentarme con aquella investigación:
por un lado, no iba a ver un duro, pero por otro, ya no tendría
a nadie atosigándome y exigiendo resultados.
El timbre de la puerta me sacó de estas desquisiciones filosófico-económicas.
El alguacil de la Variant volvía a visitarme. Me traía
una cartita de mi querido Pons. Firmé el recibo y el tipo
siguió con su recorrido.
Al desdoblar la carta para leerla, cayó de su interior un
cheque. Creí que se trataba de un error. Pero no, ahí
estaba mi nombre, precediendo a una nada despreciable cantidad:
20.000 pesetas. Si no fuese porque no creo en Dios, aquello habría
tenido todas las trazas de ser un milagro. Aunque esa posibilidad
se desvaneció rápidamente al leer la amable nota de
Pons: después de chotearse como un cabrón de lo que
él consideraba mi estrepitoso fracaso, me informaba de que
esas veinte mil pesetas eran una especie de finiquito: el ayuntamiento
no quería que le guardase rencor. La verdad es que aquella
muestra de generosidad consistorial me importó un comino,
pero la pasta me alegró el día. Tiré la nota
a la papelera (parábola perfecta y tres puntos), y, para
celebrar mi despido, llamé por teléfono a Juan.
Fui a cobrar el cheque (temía que en un ataque de lucidez,
Farrés lo anulara). Aproveché el paseo para comprar
la prensa del día. Tal y como ya conté antes, todos
celebraban la captura del asesino y el final del horror. Y, para
mi desgracia, también daban la noticia de mi fracaso (por
cierto, que un día tengo que descubrir quién fue el
mamón que les informó de esto). Decidí no hacer
caso y acabé regalando los periódicos a dos abueletes
que estaban sentados en un banco.
Serían aproximadamente las once de la noche cuando aparecí
por La Ratllada, uno de los pocos bares dignos de Sabadell. Había
quedado allí con Juan porque éste quería ver
tocar a "Otoño en el Delta", un grupo de blues
de la ciudad.
Cuando entré me golpeó en pleno rostro el estribillo
de "Hoochie Koochie Man". La voz del cantante era como
un trueno. No había mucha gente. Juan trasegaba un whisky
acodado en la barra.
Buenas le dije a Juan, entre las notas de un solo
de guitarra desgarrador. Me contestó con una especie de gruñido,
lo cual debía significar algo así como "Calla,
coño, que no me dejas oír".
Oye, Lorena llamé a la camarera, ponme
una Bud y otro de lo mismo para el melómano de los cojones.
Son buenos, ¿eh, Fontana? me dijo otro Juan,
uno de los camareros, que se había acercado a saludarme.
No pierdas ojo a la rubia del bajo.
Y no lo perdí. La verdad es que tocaban muy bien. Acabaron
la canción y atacaron "Commit a crime" de Howlin
Wolf, que enlazaron rápidamente con "Youll be
mine" de Willie Dixon. A eso se le llama escoger un buen repertorio.
La cuarta Bud coincidió con el final del concierto. Y Juan
regresó a la realidad de su particular nirvana musical.
¿Qué te dije, Fontana, son o no son de coña?
Dos horas después, estábamos tirados en el salón
de mi casa, Juan, los músicos y un servidor (la rubia que
tocaba el bajo fue en realidad la culpable), atiborrándonos
de MacCallan y escuchando discos de Johnny Winter y de los Fabulous
Thunderbirds.
Me desperté bien entrada la mañana. La verdad es
que me encontraba bastante bajo de forma, pero había sido
una buena forma de celebrar mi "renuncia" al caso.
8.
Antes de reemprender mi investigación, decidí pasarme
por el Cineart. Una curiosidad morbosa me obligaba a volver por
allí. Quería comprobar por mí mismo que mis
suposiciones eran acertadas y que, por tanto, el asesino seguía
libre. Si esto era verdad, aquella noche actuaría de nuevo.
Los organizadores del "Cine-club" habían preparado
una sesión especial para celebrar que todo había vuelto
a la normalidad. Esa noche iban a proyectar dos peliculones (a precio
de entrada normal): Pauline à la plage, de mi amado Rohmer,
y Werther, de Pilar Miró. No sé si me equivoco, pero
creo que ésta última fue utilizada durante los años
de la guerra fría en los interrogatorios de la KGB. Los pedantorros
iban a chuparse los dedos.
Cuando llegué al Cineart, el vestíbulo del cine estaba
lleno a rebosar. Parecía que todo Sabadell había acudido
esa noche al "Cine-club". Estaban Farrés, Joan
Comelles y algún que otro pintor y sabadellense ilustre.
Incluso me pareció ver por allí al capullo de Miki
Moto. Por lo visto nadie quería perderse la foto.
Dejé que aquellos memos entraran en la sala y me fui a cenar.
Había que estar borracho para tragarse toda esa mierda.
Me metí en el Hamelin. Mientras comía un bocadillo,
charlé con Yoli, la dueña. Ésta me contó
entre risas que ella y el resto de camareras me habían apodado
"el gafe", puesto que cada vez que yo aparecía
por allí, se cargaban a alguien en el Cineart. Aunque, bondadosas
ellas, nunca habían pensado que yo tuviera algo qué
ver con las muertes (sabían que yo era detective y que, además,
"no tenía pinta de asesino" y todo eso).
Alrededor de las doce, el sonido de unas sirenas fuera del bar
interrumpió nuestra charla. Algo me decía que todo
aquello venía del Cineart. Salí a la calle y vi dos
coches-patrulla bloqueando la esquina de la calle Les Planes con
la calle Sant Pau. Frente al cine, el follón era enorme:
unas cien personas se agrupaban delante de la puerta. Algo me decía
que el asesino había actuado ya, ese asesino que todos suponían
perfectamente encerrado en prisión. El cabrón se había
adelantado a mis suposiciones: yo esperaba que hiciera algún
movimiento, pero no antes de que acabase la doble sesión,
cosa que aún no había sucedido (faltaba, según
mis cálculos, una buena hora y media). Volví a entrar
al Hamelin, pagué lo consumido y me acerqué al cine.
Varios agentes controlaban los extremos de la calle Les Planes,
impidiendo que nadie se largara de allí (lo que confirmó
mis suposiciones, puesto que lo normal en caso de accidente o desgracia
semejante es hacer que la gente se aleje lo más rápidamente
de la zona). Me costó una eternidad abrirme paso entre aquella
multitud. A través de la puerta de cristal del vestíbulo
pude ver a Farrés discutiendo con un par de tipos trajeados
(concejales o así) y tres policías. Parecía
muy cabreado. Me acerqué a uno de los agentes que controlaba
la puerta y le pregunté qué es lo que pasaba.
Se han cargado al tío que llevaba el rollo ése
del "Cine-club". Le han machacado la cabeza en los lavabos
de la sala 4.
Así pues, el asesino seguía libre y en forma. La
confirmación de mis sospechas me hizo sonreír y el
agente, sorprendido por la felicidad reflejada en mi rostro, me
ordenó que circulara. Pero aproveché que en ese momento
entraban varios de agentes de paisano y me colé hasta la
sala 4. Por fortuna, Farrés no me vio. En los lavabos continuó
acompañándome la suerte: el forense que estaba trabajando
no era otro que Gonzalo Salvador, un viejo colega del instituto.
Estaba agachado sobre el cuerpo de Cornelles y no se percató
de mi entrada. Tenía huevos el tío: mientras examinaba
el cadáver, no paraba de canturrear una cancioncilla de Madonna
(al menos eso me pareció). Me acerqué por detrás.
No sabía que ahora te gustaba la música chorra
le dije con tono burlón.
¡Coño! ¡Fontana! se levantó
de golpe, soltando la cabeza del muerto, que fue a chocar sonoramente
con la taza del wáter. ¡La ostia! Pero ¿de
dónde sales, tío?
¿Cómo que de dónde salgo? Eso tú...
¿Qué haces por Sabadell, además de jugar con
fiambres?
Estaba en Terrassa por unos asuntillos y me han pedido que
me pasase por aquí. No veas el follón... ¿No
decían los periódicos que Ugarte había pillado
al asesino?
¿Qué has averiguado? le dije, haciendo
oídos sordos a su pregunta.
Cosa fácil. Lo pillaron mientras meaba y le reventaron
los sesos con algo muy pesado. El que limpie esto se va a cagar
en todos los santos como se puede comprobar, Gonzalo, además
de forense, era un filólogo de la hostia. Lo tienen
claro para pillar al tarao que ha hecho esto. No veas la que se
ha liado. Se ve que el que encontró el muerto empezó
a gritar "asesino, asesino", o algo así, y la peña
se cagó y salió de estampida de la sala. Y junto con
ellos debió salir el tipo o la tipa que se lo cargó.
Supongo que te habrás fijado que los pasmas van locos por
que nadie se pire del cine y sus alrededores.
Un sonido terrible interrumpió el parlamento de Gonzalo
y retumbó por todo el lavabo.
¿Que coño hace éste aquí? dijo
Ugarte señalándome. Venía acompañado
por su fiel Sugrañes y otro agente de paisano. Sugrañes,
sácalo de aquí antes de que me cabree. Y tú
le expetó a Gonzalo, ¿qué mierda
tienes que contarle a Fontana? Fontana está fuera del caso.
Esta vez no me achanté. El comprobar que Ugarte se había
equivocado me dio el valor necesario para responderle. Aún
me sorprende la forma en que le hablé.
Hombre le dije, a usted tenía ganas de
verle. No sé si recordará nuestra última conversación,
pero en ella me dijo que el asesino del Cineart ya era historia.
Me parece, Ugarte, que esta vez la ha cagado, y bien. Como puede
comprobar dije, mientras señalaba el cadáver
de Comelles, el tipo sigue suelto. Y me da la sensación
continué, hablando muy rápido, atropelladamente
que esta nueva muerte anuncia un cambio en su forma de actuar. No
lo ha hecho por casualidad. El asesino sabía lo que estaba
haciendo y a quién mataba. Y lo ha hecho porque se sentía
seguro. Eso le ha dado la confianza necesaria para meterse en el
cine y destrozarle la sesera a este pringao. Se está burlando
de usted.
El comisario permaneció callado unos segundos, mirándome
fijamente. De pronto, habló, y su voz sonó más
estremecedora que nunca.
Sugrañes, ¿no te he dicho que lo saques de
aquí, joder?
Mientras el citado Sugrañes y el otro tipo me cogían
por los brazos y me acompañaban a la salida, tuve tiempo
de decirle algo más.
Le está dando por el culo, Ugarte. Y lo va a seguir
haciéndolo. Piénselo.
Un momento bramó irritado. Mire, listillo,
si me dan por el culo es mi problema. Pero usted manténgase
alejado de esto. Farrés le ha retirado del caso. Si le veo
metiendo las narices, yo sí que le voy a dar por el culo.
Lo de aquellos capullos del P.P. de Madrid va a ser gloria comparado
con lo que yo le haré tragar.
Antes de salir, le dediqué un soberbio "¡Jódase!"
(tanto verbal como visual) y salí de allí empujado
por Sugrañes y su amiguito. Un vez fuera del cine, me acompañaron
hasta el cordón policial y le dijeron a los agentes que lo
formaban que si me veían otra vez por allí, no dudasen
en detenerme.
Necesitaba beber algo. Por allí cerca sólo había
un sitio mínimamente soportable para hacerlo, el Caffè
di Roma, pero no tenía el cuerpo para cafecitos o mariconadas
como la grappa. Así que desandé la Rambla y me metí
en LAixeta. Tuve suerte. Al disc-jockey le había dado
por poner Sonic Youth. Eso era lo que necesitaba en ese momento:
caos sonoro y unas cervezas fresquitas. Le pedí que pinchase
"Kill your idols". Serviría para aplacar mi cabreo
king-size (según el índice Forges).
Mientras tomaba la primera Bud, las guitarras de Thurston Moore
y Lee Ranaldo se peleaban sobre el entresijo brutal que iban creando
el bajo y la batería. De pronto, el duelo de guitarras llegó
a su fin y entró la voz de Kim Gordon en un registro altísimo,
aullando más que cantando. Y cuando yo empezaba a olvidarme
de mi encuentro con Ugarte, alguien me devolvió a la realidad.
¡Eh, colega! ¡Colega! Me giré y
vi a un tío vestido con un pantalón militar, una chupa
tejana asquerosa y unas melenas todavía más repugnantes.
Aparentaba unos cuarenta y pico años. Parecía sacado
de la película que rodaron en Woodstock. Un fósil
de otra época. ¿Me puedes pasar veinte duros?
Es que se me acabado la pasta y... Miré a David, el
dueño del bar, y éste me hizo un gesto como diciéndome
"Haz lo que quieras".
Al principio dejé que hablara. Se empeñaba en conquistar
mi corazón y mi bolsillo con no sé qué historia
de que él había sido una gran estrella del rock en
los setenta. Después de mandarlo tres veces a la mierda y
no conseguir nada, acabé sacándolo del bar a hostias.
Pero no me dí cuenta de que llevaba una navaja.
(continuará?)
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