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Núm. 26 Segon trimestre 2002
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La muerte
Fernando Tarrida del Mármol
Ven, muerte, tan escondida
Que no te sienta venir,
Porque el placer de morir
No me torne a dar la vida.
Cervantes
La muerte en sí no existe. La cantidad de materia, la cantidad
de movimiento, son constantes; no sólo no mueren, sino que
también son invariables. Lo único que ha hecho, hace
y hará eternamente la materia del mundo infinito, es transformarse
por efecto de las infinitas combinaciones de que son capaces los
elementos que constituyen el mundo material.
Al pasar un cuerpo de orgánico a organizado, se produce
la vida; al pasar de organizado a orgánico o mineral, se
produce eso que llaman muerte.
Si no estuviéramos profundamente convencidos de que Dios
no existe, creeríamos en él sólo por el hecho
de existir ese benéfico fenómeno que los sabios filósofos
ignorantes designan con el terrorífico nombre de muerte.
¡Loada sea la muerte! Ella pone fin a nuestros sufrimientos,
ella preside a las transformaciones incesantes de la materia, ella
hace desaparecer los seres vetustos para dar origen a los nuevos,
ella es el instrumento de la selección natural, fuente de
todo progreso, ella es la dulce amiga que nos hace desaparecer del
rudo combate cuando ya ansiamos, o cuando menos necesitamos un reposo
relativo. ¡Loada sea la muerte!
Bendecimos a la muerte, y no deseamos morir.
Deseamos, al contrario, vivir largos años para seguir luchando
y ser un soldado más en el momento de la pelea. Pero no nos
hacemos ilusiones. Comprendemos que cuando el sufrimiento físico
aniquila nuestro organismo, sería terrible que este sufrimiento
no tuviera un término determinado precisamente por la intensidad
del dolor, y la idea de la muerte nos consuela. Comprendemos que
cuando los órganos ya gastados de nuestra máquina
animal se hallan estropeados por el uso, sin más esperanza
que el estropearse más cada día, sería terrible
que una eternidad inflexible nos atara a esa rueda infernal de podredumbre.
Comprendemos que ínterin no venga la igualdad social durante
la vida, la dulce amiga lleva ya resuelto el problema sociológico
desde largos años, igualando bajo su rudo golpe a nobles
y a plebeyos, a parias y a magnates.
Cuando al cabo de un día pesaroso, el cuerpo fatigado descansa
en brazos de Morfeo, es aquel sueño una delicia tal que al
despertar y entrar de nuevo en posesión de nuestras penas,
sentimos hondo pesar porque aquel feliz estado de reposo no se ha
prolongado. ¡Loado sea el sueño! ¿Y la religión,
que pretende eternizar el yo, quiere que se la llame consuelo? ¿Y
Dios, que eternizaría el sufrimiento en los infiernos, ha
de ser reconocido como archivo de bondad?
La muerte es el sueño para no despertar. ¡Loada sea
la muerte!
Fernando Tarrida del Mármol, nascut a LHavana
el 1861, va ser un dels divulgadors teòrics de lanarquisme
a finals del segle XIX i a linici del XX. Resident a Barcelona,
va col·laborar estretament amb la premsa àcrata i
mantingué lligams damistat amb Anselmo Lorenzo col·laborador,
també, de Ferrer i Guàrdia i impulsor de lEscola
Moderna. Implicat en el procés de Montjuïc de
1896, sexilià a la Gran Bretanya, on continuà
la seva tasca de reflexió i divulgació, al mateix
temps que denunciava la repressió i els mètodes policials
espanyols (Les inquisiteurs dEspagne, 1897). Mor a Londres
el 1915.
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