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| Núm. 34 Segon
trimestre 2004 |
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Manuel Azaña. La llibertat a Catalunya i a Espanya
Joan-Francesc Pont, catedràtic de Dret financer i tributari
(UB)
Ara, quan els portaveus polítics més irracionals
sescandalitzen de la presència de José Luís
Rodríguez Zapatero al balcó del Palau el 20 de desembre
de 2003 [potser un dels gestos més simbòlics i esperançadors
daquest canvi presidencial], és més convenient
que mai recordar que lautogovern català ha trobat sempre
la fraternitat republicana més enllà de lEbre.
Manuel Azaña va pronunciar aquest discurs el 27 de març
de 1930, al restaurant Pàtria de Barcelona, en què
associa les llibertats de Catalunya i dEspanya, defensa la
república federal i no tem el supòsit que Catalunya
"resolviera ella remar sola en su navío ....". Precisament,
els ciutadans de Catalunya, de tarannà laic i progressista,
no sentiran mai limpuls de segregar-se duna Espanya
capaç de parlar el llenguatge laic i progressista de Manuel
Azaña.
Siempre había admirado a Cataluña desde lejos o en
cortas estancias en Barcelona, su civismo fervoroso, su viva sensibilidad
para la cosa pública, su cohesión nacional. Cualidades
todas que, animadas por el irrevocable propósito de alcanzar
la plenitud de la vida colectiva y por el amor a vuestra tierra
y gracias al estímulo de una tradición ilustre
y también al de competir con los pueblos modernos más
adelantados, han producido el gran renacimiento catalán,
cuya culminación está en vuestra propia cultura y
en esta maravillosa ciudad vuestra.
Pero ahora, trascendiendo esa imagen que en verdad puede obtenerse
por medio de la información indirecta y del esfuerzo del
propio discurso, he podido yo comprobar durante estos días
la profundidad del sentimiento nacionalista catalán, la ingenuidad
adorable de una multitud a la vez coherente y entusiasta, con un
sentir fundado en la veneración por su tierra y por su lengua;
la alegría y la gratitud sólo porque habéis
entrevisto la posibilidad de sentiros comprendidos y estimados;
y así se me ha aparecido el alma catalana verdadera, suave
y trasparente como una perspectiva mediterránea, recatada,
propicia a la efusión sentimental como el refugio de una
cordillera.
Tenía yo, o creía tener, la comprensión del
catalanismo. Me habéis dado algo más fecundo: la emoción
del catalanismo ¿Cómo percibir la diferencia? Está
claro: antes comprendía el catalanismo. Ahora, además
de comprenderlo, siento el catalanismo. La diferencia, para mí,
es notable porque ignoro si a todos sucede lo mismo
no sé hacer nada ni sirvo para nada si las cosas que me ocupan
no me emocionan. Al amparo de esta emoción, que me restituye
un poco a mi inclinación comunicativa, quisiera deciros dos
o tres cosas que me parecen muy oportunas.
Nos habéis hablado continuamente y ha sido pura gentileza
y amabilidad de vuestra parte el hacerlo así de gratitud
por aquello del manifiesto a favor de vuestro idioma. Y en efecto,
en días de dolor para todos, singularmente amargos para Cataluña,
pensando en nuestros sentimientos maltratados y a este maltratamiento
se debe añadir los que le siguieron queríamos
deciros lo que era menester entonces para que os llegasen unas palabras
de ánimo y el testimonio de que no estábais solos.
Pero bien miradas las cosas no debéis agradecernos nada,
porque queríamos solamente cumplir con el deber elemental
de exigir que os guardasen el debido respeto a la inteligencia y
en ella a la personalidad de los pueblos que se manifiesta precisamente
en las obras de la inteligencia.
Y esto lo queríamos hacer no de una manera fría o
en virtud de un principio general, que podría aplicarse de
la misma manera a cualquier país lejano, sino con plena conciencia
de las realidades de Cataluña, de sus creaciones actuales
y del rango que ocupa entre los pueblos peninsulares, unidos a través
de tantas vicisitudes históricas por un destino superior,
común.
En aquella protesta, por tanto, no sólo nos manifestábamos
en defensa vuestra, sino también en defensa propia, para
borrar la mancha que se pretendía echar sobre nuestro país
en una de las maniobras más bajas de la dictadura. Nadie
me negará que del fenecido régimen lo peor, a pesar
de ser tan doloroso todo lo demás, era la clase de razones
con que pretendía disfrazarse la tiranía. Razones
delirantes, ofensa perpetua al buen criterio, al entendimiento y
al sentido común. Por efecto de aquella estupidez padecimos,
además de una opresión en cuanto ciudadanos, un agravio
particular en nuestra condición de castellanos. El rubor
nos embargaba al ver que para oprimir a los catalanes se invocaban
las cosas más nobles, profanadas por la tiranía ¿Vosotros
os doléis justamente de que se oprimiese a Cataluña?
Pero ¿no habíamos de indignarnos aún más
al ver que para oprimir a vuestra patria se tomaba como pretexto
a otra patria? ¿Al ver que nuestro idioma servía para
promulgar en Cataluña unas leyes despóticas? ¿Qué
se cometía la indigna falsedad de lanzar contra este país
la idea de una España incompatible con las más sencillas
y justas libertades de los pueblos? Contra todo eso se elevó
nuestra protesta.
Yo no soy patriota. Este vocablo que hace más de un siglo
significaba revolución y libertad ha venido a corromperse,
y hoy manoseado por la peor gente incluye la acepción más
relajada de los intereses públicos y expresa la intransigencia,
la intolerancia y la cerrazón mental. Mas si no soy patriota,
sí soy español por los cuatro costados, aunque no
sea españolista. De ahí que me considere miembro de
una sociedad ni mejor ni peor en esencia que las demás europeas
de rango equivalente. Y es en cuanto español que me anima
el espíritu propio de un liberal que hallándose predeterminado
en gran parte por inclinaciones heredadas, las corrige, las encauza
hasta donde le permite el desinterés de la inteligencia.
La vocación que aquí se manifiesta no es mía,
únicamente, sino también de muchos otros que sienten
como yo la gravedad del destino que pesa sobre la gente de nuestro
tiempo. Todos nosotros, todos los que sienten como yo, han descubierto
que al hablar y escribir en pro de nuestros objetivos liberales
y renovadores se encontraban ante un desierto ¿Qué soledad
la de un español que aborda las cuestiones públicas
en esta forma? Queríamos revivir a España y se nos
argumentaba con los muertos. Queríamos mover a una multitud
y sólo encontrábamos fantasmas ¿Dónde
está la carne viva en la cual podamos prender la fuente de
una emoción que a todos hace arder con el entusiasmo de trabajar
en una obra fecunda? La alegría que me produce el contemplar
vuestra catalanidad activa procede de esto: el catalanismo, o dicho
de otra manera, el levantamiento espiritual de Cataluña nos
ofrece la ocasión y el instrumento para realizar una labor
grandiosa y nos sitúa en terreno firme para iniciarla.
Gracias al catalanismo será libre Cataluña; y al
trabajar nosotros, apuntalados en vosotros, trabajamos por la misma
libertad nuestra y así obtendremos la libertad de España.
Porque muy lejos de ser inconciliables, la libertad de Cataluña
y la de España son la misma cosa. Yo creo que esta liberación
conjunta no romperá los lazos comunes entre Cataluña
y lo que seguirá siendo el resto de España. Creo que
entre el pueblo vuestro y el mío hay demasiados lazos espirituales,
históricos y económicos, para que un día, enfadándonos
todos, nos volviésemos las espaldas como si jamás
nos hubiéramos conocido. Es natural que en tiempos de lucha
establezcamos el inventario cuidadoso de lo que nos separa; pero
será también bueno que un día nos pongamos
a reflexionar sobre lo que verdaderamente no administrativamente,
sino espiritualmente nos une.
Yo concibo, pues, a España con una Cataluña gobernada
por las instituciones que quiera darse mediante la manifestación
libre de su propia voluntad. Unión libre de iguales con el
mismo rango, para así vivir en paz, dentro del mundo hispánico
que no es menospreciable. Y he de deciros también que si
algún día dominara en Cataluña otra voluntad
y resolviera ella remar sola en su navío, sería justo
el permitirlo y nuestro deber consistiría en dejaros en paz,
con el menor prejuicio posible para unos y otros, y desearos buena
suerte, hasta que cicatrizada la herida pudiésemos establecer
al menos relaciones de buenos vecinos. No se dirá que no
soy liberal. Pero si esto ocurriera, y en el momento que se presentase,
el problema sería otro. No se trataría de liberación
común, sino de separación. No es lo mismo vivir independientemente
de otro que vivir libre. Nuestro país español es una
prueba de lo que digo.
Planteadas las cosas en esos términos de convivencia y de
igualdad, castellanos y catalanes tenemos una obra en común
por realizar que nos interesa a todos por igual. Ha de restablecerse
el orden en la Península ¿Qué orden? El de la
justicia y del derecho, violados no sólo por la dictadura,
sino también por el Estado español moderno cuando
más parecía estar dentro de las normas constitucionales.
Tenemos, todos, ante nosotros un problema político en el
cual se resumen todos los demás. Se ha hablado mucho de la
cultura, pero la libertad ha de anteceder a la cultura. Al menos
para mí. La elevación cultural es una elevación
del hombre mismo. Mas es preciso empezar por ser hombre. Ha de crearse
un Estado nuevo dentro del cual podamos vivir todos. A esto, líricamente,
se suele llamar revolución. Hemos de hacer saltar la clave
del arco en el cual se cifran todos los estigmas de la sífilis
histórica que la estructura oficial española padece.
El Estado ha de salir de la voluntad popular y ha de ser la garantía
de la libertad. A esto se llama República. Y si hemos de
vivir juntos, catalanes y castellanos, respetándonos mutuamente,
ha de ser en virtud de la federación y no en virtud del corrompido
prestigio de instituciones extenuadas. Esta revolución que
propugnamos no se dirige contra un Estado ficticio, sino contra
un Estado real. Vosotros, catalanes, maldecís muy justamente
del Estado español; nosotros también. Pero la frontera
que divide a los amigos y enemigos del Estado español no
es geográfica como la frontera lingüística sino
social. Si el Estado español tiene acérrimos enemigos
en Castilla, también el Estado español ha tenido espero
que no los tenga más amigos y valedores en Cataluña,
es decir, gente que ha pospuesto su catalanismo liberador a la preocupación
fanática del interés de clase y se ha aliado monstruosamente
con ese mismo Estado que debería considerar como su enemigo
natural si escuchase su conciencia de catalanes.
En resumen: queremos la libertad catalana y la española.
El medio es la revolución; el objetivo la República,
y la táctica oponer una barrera inconmovible al confusionismo
y a la bastardía. Si estamos de acuerdo en todo esto bien
podemos esperar que nuestra visita a Barcelona será inolvidable.
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