Nœm. 39 Tercer trimestre 2005
El manco de Lepanto y la ciudad del Quijote
J. Narc’s Roca Farreras. La Publicidad, 7 dÕoctubre 1879
Agra•m aquest document i la feina de recerca que ha comportat a la nostra amiga Georgina Gil Artells, diplomada en Biblioteconomia i Documentaci—.
Aniversario de la gran batalla: all’ Miguel de Cervantes recibi— la herida, a la cual ha debido este honroso t’tulo. SŽanos permitido recordar hoy a Barcelona y a toda Catalu–a, la deuda de gratitud que tiene hacia el gran escritor y que no ha la han satisfecho todav’a. A ciudad alguna ni a pueblo alguno elogi— Cervantes m‡s que a Barcelona y a los catalanes; tanto, a bien pocos, si es que celebr— en el mismo grado a alguno. Los elogios del gran talento y del gran car‡cter hacia nuestra ciudad y nuestra gente son concisos, pero alt’simos y en gran manera elocuentes.
Leamos en el antepenœltimo cap’tulo del Quijote. El ingenioso Hidalgo d’cele a don Alvaro Tarfe.
ÒÉ y as’ me pas— de claro a Barcelona, archivo de la cortes’a, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza œnica. Y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llev— sin ella solo por haberla vistoÓ.
Leemos en Dos doncellas:
ÒÉ llegaron a Barcelona poco antes que el sol se pusiese. Admiroles el hermoso sitio de la ciudad y la estimaron por flor de las bellas ciudades del mundo, honra de Espa–a, temor y espanto de los circunvecinos y apartados enemigos, regalo y delicia de sus moradores, amparo de los extranjeros, escuela de la caballer’a, ejemplo de lealtad y satisfacci—n de todo aquello que de una grande, famosa y rica y bien fundada ciudad puede pedir un discreto y curioso deseo.Ó
En el PŽrsiles y Segismundo, (cap. XII, lib. III) se lee:
ÒAquella noche se alter— el mar de modo que fue forzoso alargarse las galeras de la playa, que en aquella parte es de continuo mal segura. Los corteses catalanes, gente enojada terrible, y pac’fica suave; gente que con facilidad dan la vida por la honra y por defenderlas entrambas se adelantan a si mismos, que es como adelantarse a todas las naciones del mundoÉÓ
Hoy ser’an muy exagerados estos bellos elogios. Ni los catalanes ni Barcelona atesoran las prendas que Cervantes hallaba en los locales contra el gobierno absolutista y centralizador del conde Olivares, ministro de Felipe IV (1640) dio ocasi—n a que en un libro notable escrito a favor del Principado, la Noticia Universal de Catalu–a, y dirigido a toda Espa–a los catalanes levantasen como un t’tulo de honor y gloria el elogio que de su car‡cter escribiera ÒŽl en todas sus obras celebrado Miguel de Cervantes en su elocuente PŽrsilesÓ1.
ÒEncomio tan grande (a–ade a continuaci—n la Noticia) que paneg’ricamente cifra las mayores prendas de los catalanes; paneg’rico tan realzado que se adelante a los favores m‡s colmados que de extra–os autores ha recibido Catalu–a y siendo el autor castellano, se quiten todas las sospechas del afecto dando m‡s eficacia a la verdad de sus palabrasÓ.
Al ver los elogios que de nosotros y de nuestra capital hizo el pensador profundo y eminente escritor, sentimos hacia Žl un vivo reconocimiento. De otras pocas naciones y ciudades traz— la pluma Cervantes elogios casi iguales o poco menores, pero mayores no.
En Las dos doncellas, es en Barcelona donde se desenlaza el argumento de la novela; en el Quijote, es en Barcelona donde comienza el desenlace; de manera que en ambas obras es nuestra ciudad teatro de escenas las m‡s largas e interesantes del drama, quedando Barcelona hondamente grabada en el pensamiento del lector.
Don Quijote en sus peregrinaciones por diferentes partes de Espa–a no va a otra ciudad que a Barcelona, o al menos no consta que vaya. En Barcelona tiene el Caballero de la Mancha un gran recibimiento y es obsequiado con el paseo por la ciudad y un sarao; aqu’ sucede el episodio de la cabeza encantada; aqu’ vŽ y examina una imprenta el ingenioso hidalgo, y visita las galeras, donde es recibido con salvas, chirim’as y hurras, como un general, y donde tiene lugar el episodio de Ana FŽlix. En nuestra playa, por ultimo, el Caballero de los Leones es vencido por el de la Blanca Luna y le promete retirarse a su pueblo. En nuestra playa Òes TroyaÓ para el desfacedor de agravios. Nada menos que con el virrey de Catalu–a, con un general de mar y con muchos otros caballeros pone Cervantes a su personaje principal en relaciones en Barcelona. Encantan tambiŽn la descripci—n de la aurora y del despertar de la marina el d’a de San Juan, al llegar Don Quijote y Sancho a la playa; la descripci—n de las galeras, y la persecuci—n y presa que hacen del bajel argelino. El cuadro de los cinco t’tulos que tratan de la estancia del loco caballero en nuestra ciudad, es de los m‡s hermosos del inmortal libro de Cervantes. A m‡s de las dos principales, las figuras de Ana FŽlix, de su padre, de don Gaspar Gregorio, de don Antonio Moreno, del caballero de la Blanca Luna, el bachiller Sans—n Carrasco, de los amigos de don Antonio, del virrey, del general de mar, y las del renegado arrepentido y de otros hombres de las galeras, forman un conjunto encantador. Pocos cuadros tiene El Quijote superiores y hasta diremos iguales al barcelonŽs. Podemos llamar a Barcelona la ciudad del2 Don Quijote por ser la œnica donde Cervantes le hace ir y lucir, y por el cuadro hermos’simo de su estancia en ella.
En Las dos doncellas, tambiŽn los cuatro personajes principales de la novela, don Sancho de Cardona, y hasta su esposa, los dos cirujanos, el capell‡n y Calvete, forman un cuadro encantador que tiene a Barcelona por fondo: la descripci—n del combate en la playa entre las tripulaciones de las galeras y el pueblo de la ciudad, la escena entre Marco Antonio, Teodosia y Leocadia en casa de don Sancho, el di‡logo entre Leocadia y don Rafael en la misma playa, y la despedida de aquellos y del caballero Cardona, son magn’ficos y graban profundamente en el pensamiento del lector el recuerdo del campo de estas escenas.
En el PŽrsiles no hallamos elogio especial de Barcelona; pero hay en Žl el episodio de Ambrosia Agustina con motivo del cual sale el elogio de los catalanes. Es esa figura la principal y casi œnica de la escena que pasa en Barcelona: Periandro (Persiles), Auristela (Segismunda), Constanza y Antonio el joven no hacen aqu’ sino escuchar la historia de Agustina: pero ÀCuan interesantes no son Žsta y los otros?
No parece sino que Cervantes se complaciese en hacer a nuestra ciudad teatro de algunas de las escenas m‡s bellas y m‡s fijas en los recuerdos de sus lectores. Estuvo en Barcelona algunas veces, segœn se desprende de sus obras, y se conoce que la playa o marina le ten’a embelesado. Hace constar en Persiles c—mo era costumbre de Barcelona salir infinidad de gente a la playa cuando llegaban galeras, as’ para verlas, como para ver a los que desembarcaban. En el mismo Persiles hace constar c—mo la playa barcelonesa era de cont’nuo mal segura, de manera que en alborot‡ndose el mar, ten’an que apartarse de ella las galeras. En Las dos doncellas tambiŽn hace constar la poca seguridad de nuestra playa que hac’a marchar de Barcelona a las galeras antes de tiempo3. En El Quijote se cita la atalaya de Montjuic haciendo se–ales cuando llegaban embarcaciones a nuestras aguas.
Barcelona y Catalu–a en general han sido poco agradecidas al manco de Lepanto, y en especial, a la honra de haber hecho a nuestra ciudad la œnica donde representa el Hidalgo manchego y de haberla honrado pint‡ndola como buena apreciadora de loco tan ingenioso4. Por Cervantes, Àa cu‡ntos miles y miles de extranjeros de todas naciones, pues en tantos idiomas se ha traducido el Quijote, no se ha presentado Barcelona elogiada como no la haya sido otra ciudad alguna?
Bien poco y poqu’simo es para nuestra ciudad haber dado el nombre de Cervantes a una calle no muy concurrida y conservar la tradici—n de una casa donde, se dice, se hospedaba el historiador del Quijote. Una estatua le debe Barcelona y confiamos en que un d’a se lo pagar‡. No es que Cervantes, su Quijote y sus Doncellas no sean bien conocidos y bien admirados en Barcelona, y no tengan aqu’, hace dos siglos, miles y miles de lectores cont’nuamente5. No es que en Barcelona no se hayan hecho muchas y muy buenas ediciones de estas obras, lujosas unas, econ—micas o de propaganda otras. Es que Barcelona es todav’a demasiado avara de monumentos y no pasa de dar a las calles nombres de personajes acreedores a mayor demostraci—n de gratitud y estima.
Si algœn d’a erigiese un monumento en honor de Cervantes, fuese estatua, busto, medall—n o inscripci—n, propondr’amos que se grabasen en Žl dos elogios que hace de Barcelona, el de los catalanes, y tambiŽn las figuras o al menos los nombres de los principales personajes de las escenas que figur— haber pasado en nuestra ciudad: don Quijote, Sancho, don Antonio Moreno, el caballero de la Blanca Luna, el virey, Ana FŽlix (vestida de arraez), su padre Ricote (vestido de peregrino) y el general de mar, por una parte; por otra, Teodosia y Leocadia, don Rafael, Marco Antonio, Calvete y don Sancho de Cardona; y por otra parte Ambrosia Agustina (vestida de se–ora), Auristela, Constanza, Periandro y Antonio (vestidos de peregrinos y peregrinas; personajes ideales que manejados por la pluma inmortal del manco de Lepanto, parecen haber existido de veras: tan naturalmente se mueven y con tanta perfecci—n los describe, adorna la escena y les hace hablar el incomparable ingenio de Cervantes).
Seamos los barceloneses y los dem‡s catalanes agradecidos al gran escritor que tantos elogios dispens— a nuestra ciudad: al menos honremos su memoria grata e inmortal y tributŽmosle los elogios que merece como literato, como pensador, como soldado valeroso y como heroico cautivo. SŽanos grata e imperecedera la memoria de Cervantes a los hijos de Catalu–a, tanto como pueda sŽrnoslo la memoria de los catalanes m‡s ilustres por su saber y por sus virtudes; mirem—sle como si en aquella nuestros Diputados y nuestros Concelleres le hubiesen dado el t’tulo de hijo adoptivo de nuestra ciudad.
Volvamos a leer los elogios que hemos copiado. El de los catalanes:
ÒLos corteses catalanes, gente enojada, terrible, y pac’fica suave; gente que con facilidad dan la vida por la honra y por defenderlas entrambas se adelantan a si mismos, que es como adelantarse a todas las naciones del mundoÉÓ
En los de Barcelona hallamos que la titula:
ÒTemor y espanto de los circunvecinos y apartados enemigos, albergue y amparo de los extranjeros, escuela de la caballer’a, ejemplo de lealtad, archivo de la cortes’a, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos, correspondencia grata de firmes amistadesÓ.
Un hombre del car‡cter independiente, de los conocimientos profundos, del talento superior de Cervantes, hab’a de notar la diferencia que en aquel tiempo hab’a entre castellanos y catalanes.
Cien a–os lejos del suplicio de los comuneros; uncidos al carro de la monarqu’a absoluta y sacerdotal de los Tudescos; perdida la firmeza c’vica que da la libertad; reducidos a contemplar la seca, estŽril y vaporosa gloria de las guerras y conquistas del Nuevo Continente, de Alemania, Italia y los Pa’ses Bajos; viendo disminuir la poblaci—n de Espa–a para poblar la AmŽrica y abonar con cad‡veres las tierras de aquellas regiones de Europa; yermas y desiertas grandes regiones del campo, y en medio de este cuadro una corte distra’da, llena de intrigas, con un rey ignorante, encogido, atado por etiquetas y por ministros imbŽciles; tal estaban los castellanos.
– Luchando un‡nimes para conservar su independencia y sus libertades; con car‡cter enŽrgico y valor c’vico, con la cabeza erguida, con la diestra armada y repeliendo con la izquierda el yugo centralista; repasando con la memoria sus derechos y su historia para defenderlos; fortaleciendo su esp’ritu con estos recuerdos, y protestando su fidelidad a Espa–a, mientras Castilla no les faltase a la palabra; trabajando en el cultivo de los campos y en las artes industriales, y en medio de este cuadro, la Diputaci—n general y los Magistrados municipales, las Cortes y Los Consejos, formados por hombres sencillos, probos y vigilantes, de todos los estamentos, desde el duque al arzobispo, al hortelano
y al zapatero; tal eran los catalanes.
– Las ciudades de Castilla disminuyendo su poblaci—n, industria y orden ilustrado; sujetas a los corregidores enviados de Madrid, sin vida propia, como arrabales de la corte.
– Barcelona, casi repœblica municipal todav’a, con su comercio, sus gremios, sus milicias gremiales, su Consejo de Ciento y sus concelleres, sus derechos
y privilegios, formando toda una Constituci—n municipal; gobern‡ndose por s’ misma, aumentando su poblaci—n y su trabajo, dando asilo a todos los extranjeros, ofreciendo a los desamparados hospitales y otras casas e instituciones de Caridad; reuniendo en las Cortes, en los cargos de la Diputaci—n y en sus Òcasas de caballerosÓ una nobleza no cortesana, sino popular, y en esta nobleza, en los hacendados y en los dem‡s estamentos o clases, una cortes’a varonil, afectuosa y grave que se refleja en las representaciones y dem‡s defensas de los derechos de la ciudad dirigidas a Madrid; con la memoria, viv’sima todav’a entonces, de los actos m‡s grandiosos de lealtad a las leyes, a los juramentos y de la defensa del pr’ncipe de Viana, y con los testimonios de valor militar dados desde anteriores siglos por los barceloneses.
Vivas, respirando fuerza y duraci—n, estaban en tiempo de Cervantes estas grandes diferencias y ante su car‡cter, su conocimiento del mundo, su talento y su viveza hab’an de ser favorables a nuestra ciudad y a Catalu–a en general: de aqu’ esos elogios que las tribut—. Esp’ritu recto que de la corte solo sacara desprecios y miseria, que la hab’a visto de cerca y hasta desde dentro; que hab’a mirado del mismo modo las provincias y ciudades sujetas a esa corte, que en los empleos que hab’a desempe–ado para ganarse un mendrugo hab’a tenido ocasi—n de observar las miserias, la servidumbre y la decadencia que pesaban sobre sus sœbditos y sobre ella misma; Cervantes, decimos, deb’a ver y estimar a favor nuestro, las diferencias entre Catalu–a y la Espa–a castellana. Y en los tres elogios que hemos copiado se pinta, claramente y que las vio y las estim—. Volvamos a leer si no su elogio de los catalanes y las frases que hace poco hemos sacado de sus elogios de Barcelona y los hallaremos inspirados por la impresi—n de estas diferencias; les encontraremos un car‡cter social, moral, pol’tico que no se halla en los elogios que tributa a otras naciones y ciudades.
Estos elogios de Barcelona y de los catalanes, los escribi— Cervantes el primero hacia el a–o 1612, el segundo y el tercero los a–os 1615 y 16 poco tiempo antes de morir (el 23 de abril de 1616), de los sesenta y cuatro a los sesenta y nueve a–os de edad, cuando su esp’ritu ten’a toda aquella entereza, discreci—n, vivacidad y sentimientos que manifiesta en la carta dedicatoria del Persiles, escrita al otro d’a de haber recibido la Extremaunci—n (18 de abril), y casi la v’spera de fallecer de una enfermedad larga, que ve’a inevitablemente mortal, y que hasta el œltimo suspiro le dej— claro y entero entendimiento con todas sus facultades y potencias6. A su car‡cter franco e independiente nada pod’a impedirle decir la verdad, y la v’spera de morir respeto alguno pod’a estorbarle de expresar con franqueza su parecer sobre Barcelona y los catalanes, por m‡s que este parecer y estos elogios hubiesen de ser mal vistos en Madrid donde resid’a, y en Castilla, por donde hab’an de circular m‡s sus libros.
1. Por la Noticia Universal de Catalu–a conocimos este elogio: que el PŽrsiles no lo hab’amos le’do. En algunas ediciones de esta obra de Cervantes, publicadas en tiempos del absolutismo, en el reinado de Godoy, por ejemplo, faltan en el elogio de los catalanes las palabras: Ògente que con facilidad dan Òla vida por la honraÓ y se suplen por estas Òcalidades queÓ
2. Del Don Quijote, es decir, del libro; no de Don Quijote: el admirable orate no era barcelonŽs ni catal‡n.
3. En tiempo de Cervantes el puerto de Barcelona solo estaba comenzado y aun estos comienzos eran muy poca cosa.
4. Es de notar que Cervantes pinta a su caballero andante recibido con aplauso y agrado por los catalanes que se ponen en relaci—n con Žl, principalmente en Barcelona, exceptuadas las travesuras de los muchachos, y de las dos se–oras. Solo una persona, paseando don Quijote por la ciudad, le rega–a y reprende por mentecato, y Žste sujeto es un castellano. Es de advertir que ningœn escritor catal‡n habl— mal de Cervantes y que algunos escritores castellanos le zahirieron y denigraron injustamente, entre ellos el indigno que bajo el pseud—nimo de Avellaneda escribi— el Quijote falso o torpe, el fan‡tico y envidioso G—ngora, el vanidoso y f‡tuo Villegas, el burl—n Cristobal Suarez de Figueroa y hasta algunos amigos falsos como Espinel.
5. ParŽcenos haber le’do a–os atr‡s en alguna obra sobre Barcelona o sobre literatura de Catalu–a, el t’tulo de una traducci—n catalana del Quijote, publicada pocos a–os despuŽs de la primera edici—n castellana. Agradecer’amos que alguien fijase m‡s esta idea, si no andamos equivocados y no confundimos la de dicha traducci—n con la traducci—n catalana de alguna otra obra menor.
6. Como ya se ve en la dedicatoria de la segunda parte del Quijote, en octubre de 1615 Cervantes ya estaba enfermo. Pas— mal el invierno, y en 2 de abril del a–o 16 se march— a un pueblo llamado Esquiv’as, donde viv’a la familia de su esposa, a ver si con los aires del campo recobraba la salud; m‡s a los pocos d’as, empeorando, volviose a Madrid donde resid’a. Segœn refiere en el pr—logo del Persiles (aunque no hacemos gran caso del diagn—stico del estudiante que le salud— y abraz— entusiasmado hall‡ndole en el camino), sufr’a una gran sed, hall‡base deca’do el pulso, ve’a escap‡rsele la vida y hasta fijaba su muerte para de all‡ pocos d’as. ÒMi vida se va acabando, le dijo al estudiante, y al paso de las efemŽrides de mis pulsos, que a m‡s tardar acabar‡n su carrera este domingo, acabarŽ yo la de mi vida. Adios gracias; adios donaires; adios, regocijados amigos, dice despuŽs, que yo me voy muriendo y deseando veros presto contento en la otra vida.Ó El 19 le olearon ÒAyer me dieron la Extremaunci—n, dice en la dedicatoria del Persiles, y hoy escribo Žsta el tiempo es breve, las ‡nsias crecen, las esperanzas menguanÓ. Empeor— despuŽs de escrita esta carta llena de agradecimiento, que es la m‡s brillante y duradera ejecutoria del conde de Lemos, y falleci— el d’a 23. Hasta el œtimo momento conserv— Cervantes la claridad de sus potencias y aquel estilo vivo, animado y jovial que causa trabajo al lector para hacerse cargo de que el autor de la segunda parte del Quijote y del Persiles era casi setent—n.